El otro día fuimos a visitar a mi abuelita. Sucedió un fin de semana, claro está, en que pude regresar a mi pueblo.    Visitamos a mi mamá ...

Viaje al pasado

El otro día fuimos a visitar a mi abuelita. Sucedió un fin de semana, claro está, en que pude regresar a mi pueblo.
   Visitamos a mi mamá y a mi abuelita, y duramos un buen rato platicando de cómo nos iba en nuestras vidas. Entonces, mi abuela sacó un montón de viejas fotos que tenía guardadas. Una a una, las fotografías iban reviviendo recuerdos, y el momento se convirtió en un viaje al pasado. Al ver las fotos de la boda de mi mamá, se volcaron en mi ser un cúmulo de sentimientos: me hicieron recordar aquellos momentos felices cuando éramos una familia. Mi papá y mi mamá juntos, parecían tan felices, que nunca nadie se imaginaría que se iban a separar. Creo que las fotos de las bodas comparten esa emoción, donde todo es felicidad, amor y buenos deseos. Lástima que ahora esté tan escaso el "hasta que la muerte nos separe". 
   Entre otras fotos, observamos unas que me provocaron mucha ternura. Las de los 50 años de casados de mis abuelitos. Se ven abrazados, bailando, teniendo como fondo la mesa en la que se encontraba el pastel de aniversario, y también se ven todos sus hijos, felices. Otra foto que me encantó fue donde mis abuelitos, sumidos en un inmenso amor, se besan. Me dio mucha ternura ver en esa foto a dos lindos ancianitos besándose, algo así como mágico, pero que también me provocó tristeza al recordar que mi lindo viejito, mi "papá Fili" ya no estaba ahí sentadito, como siempre, en su sofá, donde pudiera yo abrazarlo y escuchar sus historias...
    El tiempo siguió retrocediendo, foto a foto, hasta que el color de las imágenes se perdió y se convirtió en un tono monocromático donde los recuerdos pasaron del color al blanco y negro. Apareció, entonces, una foto de mi abuelito cuando era joven, junto con sus hermanos, todos bien peinaditos y formales: las mujeres, con sus amplios vestidos y sus ojos vivos; los hombres, con sus sobrios trajes y sus miradas penetrantes. Y sentada en el centro de ellos, mi tatarabuela, con una mirada serena y con un cabello blanco que inspiraba experiencia y sabiduría.
   Nuestro viaje en el tiempo terminó con una fotografía muy especial. Una pareja con sus 3 hijos, el papá de pie, junto con un niño, y la mujer sentada con un bebé en los brazos y una niñita parada junto a ella. A ciencia cierta, no supe quienes eran, pero la foto me gustó porque al fondo estaba una pintura, de esas que ponían como fondo en las fotos de antes, para decorar, -y que aún podemos encontrar en la Villa, cuando bigotones señores ofertan tomarse la foto del recuerdo, montados sobre un burrito y con una imagen al fondo-. Aquella foto era, en esencia, la de una familia, pero el fondo que tenía le daba un aire colonial. El fondo era un balcón, con mosaicos negros y blancos, y con hermosos pavorreales que lucían sus llamativas plumas. Más allá del balcón, se veía la figura de unas torres de una iglesia y los viejos tejados de las casas de un típico pueblo.
   El olor de la casa de mi abuela se mezcló con el aroma de las viejas fotografías, inundando el ambiente de una esencia misteriosa, pero al mismo tiempo reconfortante, de estar con mis seres queridos. Las fotografías regresaron a los sobres, y nostros, a la realidad. Nos despedimos de mi abuela y mi mamá, y caminamos por las descuidadas calles de regreso a nuestra casa.


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