Se llamaba Titán, y fue el gato más maravilloso que jamás pude tener. Sí, no he comprado libreta, estoy escribiendo esto en mis Apuntes de  ...

Titán

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Se llamaba Titán, y fue el gato más maravilloso que jamás pude tener. Sí, no he comprado libreta, estoy escribiendo esto en mis Apuntes de  Bolsillo digitales y no en mis Apuntes físicos, léase Diario, que supuestamente comencé el día de mi cumpleaños 22 y del que he escrito una página.


Titán nació un 1 de julio de 2004, una tarde que nadie estaba en casa más que mi papá, que es ciego, y yo. Su mamá estaba loca, tenía horas con el parto y no soportaba que la dejaran sola un rato porque iba tras de ti. Ella estaba en el cuarto rosita, ese el de arriba, y abajo la sala y la tienda.
Cuando comenzó el parto me quedé viendo embelesado el que consideré uno de los actos más mágicos del mundo, ver vida salir de otro ser vivo. Me acuerdo que con curiosidad científica de mis 11 años me acerqué y miré primero una especie de burbuja amarilla que creía poco a poco, para luego descubrir que no era una burbuja, sino una cabeza la que luchaba por salir de la matriz de la gata. Ahí saliste, Titán, una cosita pequeña, redonda y babosa que salió maullando como loco y arrastrándose hacia las tetitas de su mamá.
Oh, llegaron a comprar, me acuerdo, y bajé a despachar. Cuál sería mi sorpresa cuando de regreso vi que tu madre loca venía bajando las escaleras contigo rebotando en ellas y pegado de tu cordón umbilical a tu mamá. "Mensa, lo vas a matar", dije (o algo muy parecido), corrí por unas tijeras, agarré a tu mamá con una mano y a ti con otra y subí con ambos las escaleras hasta el cuarto que hacía de sala de parto.
Te corté el cordón umbilical, cuál médico partero que había visto en muchas películas y probablemente en más telenovelas, aunque más guiado por el instinto que por el sentido común que al parecer ni tu mamá que debió morderlo ni yo teníamos.
Ahí comenzó nuestra historia. Después vino tu hermana, y luego un gato enorme que tristemente nació muerto y tuve que ir a tirar al río.
Cuando llegó mi tía, mi hermana y Jorge, mi primo, tú ya habías nacido. Titán.

Naciste en plena revolución astronómica dentro de mi cabeza, cuando leía todas las bibliotecas de aula de la primaria y me hacían bullying por menso, y cuando me sabía de memoria los satélites de Júpiter, Saturno, Marte y Urano, y cuando Plutón aún era planeta (creo).

Titán, el mayor de los satélites de Saturno. Ceres, planeta enano del cinturón de asteroides. Tú y tu hermana, que regalamos como a los dos meses.

Desde pequeño fuiste el más travieso y pulgoso. Gritabas como loco y te salías por el agujerito de la puerta, rodabas las escaleras y te brincabas al arenero, alzabas las manitas para alcanzar el plato de comida y todo cuando eras un bebé de semanas de nacido.

Tenías los ojos azules y pensábamos que eras gata. Mi tía te quería regalar porque don Cheto le juraba que sí, que eras gata, y no un niño, como conjeturamos cuando decidimos que te adoptaríamos.
Pero no, eras gato, nos dimos cuenta al paso de los meses.

Confieso que era un niño bien portado delante de mi mamá pero un demonio a escondidas, y que una vez te metí en el congelador y te saqué como a los minutos. Perdón. También te metí a la pileta de agua y luego luego te saqué. Perdón.

Pero nada de eso pasó después de nuevo, y para cuando entré a la secundaria, Titán ya era de la familia.
Odiaba levantarme a las 6 y media de la mañana, odiaba la alarma de nuestra vieja y grande tele que hacía "poing" justo cuando se encendía y entonces un Pepe de recién cumplidos 12 años se levantaba como robot para ponerse su feo uniforme color caqui y arrastrar los pies hacia el baño.
Cuando no me levantaba, tú brincabas a la cama para despertarme, y al cerrar la puerta de la calle tu carita era lo último que veía al ir a la escuela. Así fue durante 3 años, y después, que Vanesa entró a la secundaria, no sé como supiste que ahora era a ella a quien tenías que despertar y arriar, porque yo ya dormía plácidamente hasta que quería porque iba a la prepa en la tarde.

Te convertiste en un gato enorme, blanco y amarillo, que asustaba a los clientes de la tienda, acostumbrados a tener a sus mascotas muertas de hambre y con un tamaño bonsai producto de su desnutrición. Por todas partes comenzaron a salir gatos blancos y amarillos que asumimos como tus hijos.
Veías desde la sala las ventanas de la casa y más allá las golondrinas paradas en los cables mientras cuidaban los nidos que siempre construyen en las esquinitas de la fachada, y abrías la boca mientras emitías sonidos graciosos, seguramente pensando en un festín de golondrina que nunca te permitimos dar.
Retozabas en el balcón cada mañana esperando a mi tía para pedirle (exigirle) comida, primero croquetas, a veces atún y a veces carne.
Olvidaba decir que cuando eras bebé adorabas la leche y cuando tu mamá tuvo su segunda camada teníamos que cuidarte para que no te tomaras el alimento de tus hermanos, y que hasta te fabricó mi tía un bozal muy gracioso. Curiosamente después no volviste a tomar leche, tal vez te hartaste como yo del Guten en mi intercambio.
Compré estambre azul con el que mi tía de tejió un suetercito, el mismo que dejaste en la huerta de enfrente una vez que saliste con el y llegaste sin nada.
Te ponía listones de colores en el cuello porque trabajaba en una mercería, y te compré un platito azul donde pegué un papel impreso con tu nombre y tu fotografía.
Te traje un talco antipulgas que aún no se acaba, porque nunca te gustó y cuando te ponía salías corriendo despavorido. Al parecer preferías el piojito que mi tía te hacía cuando te acurrucabas en sus piernas.
Te pusiste gordo y ya no te quedaron los mustios listones que te ponía como collares, tus pelitos blancos y amarillos eran mucho más llamativos.
Terminé la prepa, entré a la universidad, te dejé en casa.
Nuestros hábitos cambiaron, aprendí a no llorar si no había un pocillo en la cocina o un comal para las tortillas, y aprendí a llegar a la tienda del ISSSTE sin perderme. La nostalgia me llegó en aquel primer semestre y añoraba los fines de semana para poder ir a mi pueblo, estar con mi familia, acariciarte y jugar Pokémon con Jorge aunque mi papá se enojara.
Cada semana Titán me recibía, me recibías, como si nada, igual de cariñoso que siempre. Cuando estabas chiquito me caías gordo porque eras un burro y no entendías, pero después de hiciste bien obediente. Cuando estabas chiquito me caía gorda la gente que pensaba que te llamabas Titán por el barco Titanic y no por el jodido satélite de Saturno.
Javier te odiaba y te asustaba cuando venía y se sentaba en la silla del comedor a echarse su alcoholito, Javier, "La Changa", mi borrachito favorito, pero que tenía pleito casado contigo. Mi tía se enojaba y lo regañaba, pero en realidad Javier nunca te lastimó, nada más te azuraba. Después se hicieron amigos y te traía sobrecitos de carnita para gatos, de esa que Jorge comió un día porque era un antojadizo de primera y dijo que sabía buena, pero que le faltaba sal. Y ahí estaba Javier en su silla platicando sus aventuras y las historias de la vida remota del pueblo, y tú echado en la silla contigua dormido a pierna suelta.
Te dormías en la silla, en la otra silla, en la sala. Te dormías en la ropa recién lavada y puesta sobre la cama si nos descuidábamos, y te dormías a ratos conmigo, a ratos con Vanesa, a ratos con mi tía  y hasta a veces con mi papá. Te dormías en la silla del baño y también en la gradita del balcón cuando salía el sol en la mañana, y en el piso de la sala cuando llegabas de la calle y hacía mucho calor.
Te echabas cuan largo eras en el respaldo ancho de los sofás, y desde ahí dominabas el mundo, tu mundo. Ahí veías a mi tía ver la novela, a Vanesa haciendo tarea y a mí en el otro sillón, mientras mi papá se dormía en el otro. De ahí volteabas cuando alguien tocaba la puerta, y te le quedabas viendo a veces con interés y a veces con indiferencia altiva a los que venían a comprar.
Maldito, te hacías pipí en el exhibidor de las Sabritas y también en el de los refrescos, y ahí andábamos con el trapeador y la chancla persiguiéndote.
Algún gato te arañó un ojo y perdiste parte de tu belleza juvenil con un párpado cicatrizado. Otro te mordió el cuello y duraste mucho tiempo con el cachete hinchado y supurando.
Mil veces te enfermaste y mil veces estuvimos ahí inventando remedios ante la emergencia, que si tecitos de yerbabuena, que si cápsulas de terramicina diluidas en agua, que si Pepto Bismol en trocitos pequeños. Y te aliviabas, una vez, otra vez y otra más.
Al pasar de los años tu salud disminuyó, pero pareció que jamás entendiste eso, siempre querías salir y conquistar el barrio como en tus años mozos.
Me fui de intercambio y te enfermaste, pensé que morías aquel septiembre de 2012 cuando en el teléfono suplicaba que te llevaran al veterinario y que me cargaran la cuenta. Te curaste, regresé después de cinco meses de ausencia y ahí estuviste, como si jamás me hubiera ido, como si te hubiera visto en la mañana.
Pero no sanaste del todo, a veces te dejabas de dolores que nos partían el corazón por no saber qué era. Los veterinarios insensibles decían que ya estabas viejo y que era todo lo que dabas, pero apenas tenías 8 años.
Al pasar los meses te hiciste más cariñoso, más juguetón y más obediente, pero también te hacías pipí sin darte cuenta y ya no podías dormir con nosotros si subirte a los sofás ni a las sillas.
Pero nada de eso importaba, ni limpiar tu cojín mil veces (bueno, yo muy pocas, mi tía casi siempre) ni buscarte comida especial. Por que eras de la familia, y a la familia se le cuidaba siempre.
Y así, mes con mes, Titán seguía con nosotros, seguías, cuidándonos y dándonos miradas de comprensión ante los ratos de soledad y llanto, ante los malos momentos y los buenos.
Seguías subiendo a la azotea como siempre lo hacías cuando subíamos a regar las plantas o a tender la ropa, y a hacer maromas y bajar negro de mugre.
Terminé mi carrera a los pocos días de festejar tu cumpleaños número 10, increíble. Murió Javier, el borrachito del barrio que nos visitaba seguido y el que te traía comida. Cumplí 22 años, y con ello más de 10 de tenerte en mi vida, de tenerte en la vida de nuestra familia.
Y de pronto volviste a enfermarte. No me di cuenta pronto, el trabajo me tenía atado lejos de ti. Pedí que te dieran medicina casera, como solíamos hacerlo, en lo que podía ir y llevarte al veterinario.
Pero no fue posible, y cuando llegué, un gatito encogido y enjuto me esperaba dormido en su silla.
Vamos, que esté abierta la clínica, que esté el doctor. Pero no estaba. Yo al volante y mi tía contigo, buscamos otra veterinaria, pero tampoco había quién te atendiera. Me sentí como si llevara a mi hijo gravemente enfermo de hospital en hospital rogando atención, rogando que salvaran a mi criatura. La tercera fue la vencida, te cargué con cuidado mientras estirabas tu cuello y mirabas alrededor y yo caminaba por la calle.
Una mirada de reconomiento del veterinario no me dio muchas esperanzas, pero aún así pedí que te dieran medicamento, una inyección muy dolorosa pero de la que no hiciste ni señal de sentir. Una cápsula para que te dieran ganas de comer, una lata de alimento especial para gatos convalecientes y una receta para darte suero oral. Infección intestinal avanzada.
Sí la libras, me repetía cuando esa tarde te vi en la banqueta de la casa y te acariciaba. Sí la libras, me decía cuando te obligaba a beber el suero que había preparado. Sí la libras, dije otra vez cuando te vi tomando agua por tu propia cuenta.
Pero al otro día estabas otra vez dormido, echo bolita y sin sentir la segunda dosis de penicilina muy cargada. Ya le hará efecto, me dije, y te di la segunda cápsula.
Pasaron las horas y seguías dormido, y después comenzó el final.
Boqueadas, estornudos raros. Ven, algo pasa, dijo Vanesa, y te levantamos. Te pusimos de pie pero no te levantaste, eras un cuerpo inerte tibiecito y babeante.
No.
Se va a morir. La certeza me golpeó con fuerza y me aturdió los sentidos, mientras le decía a Vanesa que te diera más suero, una jeringa, no, mejor dos, otra más, para que se hidrate.
Mi hermana pidió cargarte por última vez, y la frase me hirió profundamente. Es una egoísta, pensé. ¿Cómo puede ella cargarlo? ¿No ve que quiero abrazarlo? Quiero, quiero, quiero darle otra inyección, seguro con eso se repone, quiero darle más suero, algo, algo.
Te llevaron a las gradas del cuarto de arriba, donde naciste. Te rodeamos Vanesa, mi tía y yo.
Te dijimos que te queríamos como un millón de veces y mi mente lo repitió otras mil veces más. Te agradecimos regalarnos 10 años maravillosos, mientras boqueabas y tus ojos amarillos nos veían suplicantes y al mismo tiempo marchitos. Tus patitas sucias eran ramitas quebradizas y ya no las manitas peluditas y gorditas que adoraba fotografiar y acariciar con los dedos antes que las retiraras con dignidad al interior de tu pose de esfinge egipcia.
Pero si entrecerraba los ojos, tu pelo blanco y amarillo se veía bonito, tu cabecita y tu torso tenía aún aquella manta suavecita que siempre me reconfortaba, cuando en ese mismo sitio te echabas en mis piernas y veíamos volar las golondrinas.
Sí, así es, como si nada, me repetía entre el lapso de aparente calma entre un boqueo convulsionado y el siguiente. Vanesa te tenía abrazado y yo estiraba la mano para acariciar tu cabeza con los nudillos de los dedos, para peinarte el pelo con los dedos abiertos y llegar de la cabeza hasta la pancita, como siempre, somo siempre.
Y así, entre los brazos de Vanesa, mi mano acariciándote y mi tía agradeciéndote, se fue tu vida.
Los cojines rositas de tus patitas se volvieron blancos pero te acaricié otra vez para guardar para siempre el recuerdo de tu pelaje suave y tibio antes de que la muerte te convirtiera en piedra.
Titán sufrió la metamorfosis más cruel y que a todos nos llega, esa en la que la vida abandona tu cuerpo y entonces te conviertes en carne y hueso simples, en algo inerte y vulgar.

Te enterramos al pie de un guayabo lleno de frutos maduros y tirados en el suelo abonado y sembrado de la huerta del vecino de enfrente. Ahí donde ibas siempre, ahí donde muchos meses después nos encontramos tu suéter azul y lo llevamos de regreso a casa para ser guardado en un cajón de la cómoda.
Ahí quedó el bulto que alguna vez fue mi gato, apelmazado junto a las raíces del guayabo y bañado a las pocas horas por una tormenta que después dio paso a una luna llana y a un cielo despejado, uno que ya no pudieron observar esos ojos grandes y verdes.
7 de septiembre a las 4 y casi 5 de la tarde. Ahora eres recuerdos. Ahora eres fotografías y videos. Ahora eres estas letras. Ahora vuelves al Sistema Solar, a brillar con el tono arena de Titán, el color de las manchas de tu pelo.
Gracias, mi hermano de 10 años.



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8 comentarios:

  1. esto rompe el corazón

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  2. Siempre llamamos a las mascotas de una manera despectiva, "animales" les decimos pero tu, tu lo llamaste hermano y eso me rompió el corazón. Yo también tenia un gato, cuando despertamos estaba moribundo y no pudimos hacer nada. Son seres que te cambian la vida, agradeces que hayan estado contigo.

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  3. Amo a los animales, los adoro pero muy en especial a los felinos he tenido muchos y he sufrido por la partida de algunos por causa de la estupidez de gente que piensa que son solo animales pues los han envenenado, actualmente tengo un gatito muy joven pero que es un amor, muy noble, me encanta y amo como te expresas de ese pedasito de ser que cambio tu vida, animo que te dejo por lo que puedo leer momentos muy maravillosos. (Acariciando y amando mas a mi gatito)

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  4. Hermoso. Mi bebe gatuna se fue hace unos meses y fue el día más triste de mi vida. Edad+hepatitis+falla renal... El llore 3 días sin parar y la recuerdo a diario, se lo que es que todos te digan que es lo mejor, que lo tuviste mucho tiempo y que te sientas bien por darle la vida que le diste durante ese tiempo y sentirte inconsolable

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  5. Mi mas sentido pésame y un día nos encontraremos con nuestros hermanos gatunos mientras nos esperan ronroneantes disfrutando una lata de atún.

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  6. fuuuuuuuuuuuck que mal pedo! he leido cosas tristes pero esto está cabrón! Me sentí conocer a tu gato buena onda... =( me encontré tu post pegado en una caricatura de jours de papier...

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