Hace cinco meses, como a las 8 de la mañana, estaba llegando a mi nueva casa. En el camino me perdí junto con el Uber que ordené, cuando asu...

Cinco meses

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Hace cinco meses, como a las 8 de la mañana, estaba llegando a mi nueva casa. En el camino me perdí junto con el Uber que ordené, cuando asustado y arrastrando una maleta con las llantas rotas pisaba la Ciudad de México.

Era el quinto viaje que realizaba en dos meses, pero esta vez, el definitivo. Una serendipia me había llevado a encontrar una oferta de empleo, que a su vez me había enfrentado conmigo mismo, con mis planes y lo que quería hacer de mi vida en cada una de las cuatro entrevistas realizadas. Pero ahí estaba, resuelto a empezar de nuevo, otra vez, como me había pasado hacía un año al decidir permanecer en Ciudad Guzmán tras terminar la universidad.

Llegué a una casa que se antojaba el último recurso en mi lista de sitios para vivir. Me había parecido lejana, confusa, y sus habitantes, extraños, salvo por Jesús, un amigo de años en la universidad que me había ofrecido una habitación en renta. Como quiera, al final no tuve tiempo de ponerme remilgoso. La búsqueda de un techo a través de internet es una misión muy extenuante, y mis diferentes opciones, cuidadosamente catalogadas en una carpeta de favoritos en Google Chrome, se evaporaron cuando descubrí los precios de las rentas o que ya habían sido ocupadas.

Cinco meses después de ese 4 de noviembre, más o menos a la misma hora en la que llegué a mi nueva casa, intento hacer el balance escrito de lo acontecido hasta el momento. Escribo acostado en mi cama, que no tenía cuando llegué, escuchando el nuevo disco de The Jezabels, que aún se publicaba cuando llegué, y tras despedir a unos amigos que tampoco formaban parte de mi vida cuando llegué.

Esa mañana, tras dormitar un rato, me dirigí a mi primer día de trabajo. Reportero de tecnología. Mayron, uno de los inquilinos de la casa, me orientó sobre la estación del metro más cercana, recién reabierta tras una larga rehabilitación. Me perdí, desde luego, pero tras varios minutos de desorientación encontré el camino al que en adelante sería mi medio de transporte predilecto.

Las primeras semanas fueron una sucesión extraña de primeras veces. La primera vez que tenía un empleo en un medio nacional. La primera vez que tenía que moverme en una ciudad tan grande como si la conociera de años. La primera vez que me bajaba en una estación de metro diferente a la que debía. La primera vez que comía una torta de tamal. La primera vez que tenía roomies extranjeros.

Giovani y Mayron se acomodaban en un cuarto. Colombianos, los dos, estudiaban periodismo. Giovani estudiaba y había llegado pocos meses antes, pero la estancia de intercambio de Mayron ya había terminado y continuaba en la ciudad porque trabajaba en un documental.

Nacho vivía en otro cuarto. Español, su carrera era una combinación de derecho con negocios. Molly, un chico de Tampico, estaba instalado en otra habitación. A mí me tocó acomodarme temporalmente en la cuarta recámara, donde vivía mi amigo Jesús y otro chico también llamado Jesús.

En mi imaginario, me veía comiendo sopas instantáneas en la esquina de un cuartito feo y sin amueblar durante mis primeras semanas en la ciudad. Solo, sin conocer casi a nadie y con un montón de nuevas responsabilidades. En la vida real, la verdad es que tuve mucha suerte.

Con mis roomies, la adaptación fue cosa que tomó días, y al llegar del trabajo en la noche, casi siempre había una cena en casa improvisada por todos, seguida de largas conversaciones de temas como por qué las mujeres son similares a los gatos, cortesía de Nacho; de los conflictos geopolíticos del mundo, por Mayron y Giovani; y de la vida en la ciudad, por Jesús mi amigo y Jesús mi roomie.

La casa casi no tenía muebles, pero poco a poco la convertimos más en un hogar. Jesús compró un comedor. Nacho y yo nos encontramos dos sillones en la calle, que recogimos y cargamos varias cuadras. Fue algo como el sillón de Leonard en The Big Bang Theory, pero un poquito más sucio. Nada que no se solucionara con un servicio de limpieza.

Alguien me vendió una base para cama, en la que instalé el colchón inflable que me había servido durante mis primeros años en la universidad. Después compraría un colchón auténtico, junto con muebles y aparatos de primera necesidad, como mi Wii U.

El nombre del wifi que contratamos quedó registrado como "Carechimbas House", y, sin darme cuenta, de pronto tenía un hogar y una familia. De pronto, también tenía pareja, y Víctor se convirtió en un participante más de los autoproclamados Domingos de Chilaquiles, pero también en mi compañero. Juntos,visitamos diferentes lugares, fuimos de fiesta, viajamos y cocinamos.

Este fin de semana fue de despedidas. Jesús roomie, Nacho y Mayron dejaron la casa. Mayron regresa a Colombia, Nacho vivirá en otro sitio y Jesús se mudó más cerca de su trabajo. Cinco meses después de que yo llegara a la ciudad, todo se siente como que fuera un cierre de temporada de la serie de mi vida.

En este capítulo, las despedidas motivaron la instrospección, y la instrospección esta entrada en mi blog. Son cinco meses que han pasado como si fueran cinco días, pero cinco meses que me han mostrado que tengo demasiado por aprender, que me han recordado lo emocionante que empezar de cero, que me han sorprendido sobre lo mucho que puede cambiar mi vida en tan poco tiempo y que me han demostrado que siempre hay personas nuevas por llegar.

Y llegarán más, estoy seguro, porque la serie promete una nueva temporada. Una que comienza hoy, pero que aún no sé cuándo terminará. Supongo que me tocará descubrirlo.


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2 comentarios:

  1. me encanta!!! soy tu fan!!!!! escribe más seguido mi pepinillo! <3

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  2. Uff me encanta ser su comadre del alma y los dos compartir el sueño de la capital, y con trabajo en medios que es lo mejor!

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