"¡Oh no! Otra vez no". -Tiesto de petunias. En La Guía del Autoestopista Galáctico ( The Hitchhiker's Guide to the ...

La Energía de la Improbabilidad Infinita

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"¡Oh no! Otra vez no".
-Tiesto de petunias.


En La Guía del Autoestopista Galáctico (The Hitchhiker's Guide to the Galaxy), libro clásico de la ciencia ficción que descubrí por pura casualidad hace poco más de un mes, los protagonistas viajan por la galaxia con una nave llamada Corazón de Oro, única en su tipo y que puede moverse con una cosa llamada Energía de la Improbabilidad Infinita.

Con ese 'combustible', la nave llega de forma casi simultánea a todos los puntos posibles del universo, por lo que es completamente impredecible lo que pueda pasar cuando se activa su energía, aunque con seguridad, las cosas más improbables y disparatadas serán las que sucedan.

Supongo que mi vida a veces se mueve por la Energía de la Improbabilidad. 

Aquí estoy, cumpliendo nueve meses de vivir en la Ciudad de México. Aquí estoy, sentado, escribiendo, preguntándome cómo jodidos pasó que de pronto estaba acá, conociendo gente nueva, teniendo un trabajo nuevo y enfrentándome a todos los trámites secundarios a los que uno se enfrenta cuando decide mudarse a una ciudad que no conoce.

Solía llamarla con otros nombres. A la Energía de la Improbabilidad Infinita, quiero decir. Me gustaba llamarla Serendipias. Diosidencias, decía Perla. En fin, sinónimos de un concepto que se define más o menos como "dícese de las cosas que pasan cuando menos lo esperas, cuando menos lo planeas, y cuando no tienes ni puta idea de qué hacer de tu vida".

El caso es que nueve meses después, mi cerebro prefiere activar su mecanismo dogmático y pensar que estoy aquí por obra de la Energía de la Improbabilidad Infinita. Una vez, Paco, dueño del hostal que fue mi casa por dos meses en San Cristóbal de las Casas, me dijo: "Si quieres vivir en cualquier lugar del mundo, antes debes aprender a sobrevivir en el DF". Pues bueno, supongo que lo estoy haciendo.

Al menos, ya puedo ver con ternura al Pepe que hace nueve meses llegó, sacando su celular angustiosamente para ver por dónde iba y después guardándolo en lo más profundo de su mochila, no fuera siendo que alguien lo bolseara en el metro, como le habían dicho que había un asaltante en cada estación y en cada esquina.

Ahora, también puedo ver con otros ojos a los medios grandes. Hace nueve meses y un día, todavía estaba en mi escritorio de freelance, en Ciudad Guzmán, viendo a Guadalajara como los cubanos deben ver a Miami, e imaginando si mi porvenir se encontraba en esa ciudad. Ahora, en la gran capital, no puedo sino dimensionar que lo que para un provinciano (ah, cómo les gusta repetir ese término a los chilangos) significa venir a trabajar a un medio nacional y cumplir quizá su mayor aspiración en la vida, para uno de por acá no es más que su primera opción laboral al salir de la universidad. Cuestión de proximidad, pues.

En ocasiones, sospecho que unas dos o tres veces por mes, me descubro preguntándome qué estoy haciendo aquí. A veces cierro el popup mental como uno cierra un banner molesto que aparece en una página web, pero de pronto me equivoco y termino abriendo la página completa publicitaria. Y me dice: "¿vale la pena estar lejos de tu familia, de tus amigos, del lugar donde has crecido y vivido?". 

No son respuestas fáciles de responder. Malditos banners llenos de spam. Pero sí. Vale la pena. No lo digo fácilmente, desde luego. Pero al menos, me gusta pensar que tengo cierto control sobre mi vida y que estoy aquí, amando, aprendiendo y creciendo, porque lo decidí.

Tal vez soy un iluso. Tal vez alguien activó el botón del Corazón de Oro y la Energía de la Improbabilidad Infinita me trajo aquí. Si así fue, por favor, no lo hagan de nuevo. No todavía. Quiero estar aquí más tiempo.


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