Las puertas del metro se abrieron en Zapata y salí tímidamente, pero de inmediato cobré velocidad. No era más que uno entre una centen...

El último tren

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Las puertas del metro se abrieron en Zapata y salí tímidamente, pero de inmediato cobré velocidad. No era más que uno entre una centena que esperaba llegar a alcanzar el último tren de la conexión hacia Tláhuac.


Veinte minutos atrás engullí una orden con tres de pastor y dos de longaniza, y mi ropa todavía olía a tacos. Treinta minutos atrás gritaba las últimas estrofas de Quimera en un concierto mágico. Antes de esa Jorge Drexler cantó con sólo una guitarra y su voz que nada se pierde, todo se transforma, en la misma ciudad donde vi esa misma frase escrita en un papel colocado en una ofrenda tras el sismo que nos dejó cicatrices a todos en el septiembre pasado. Casi tres horas de música con un auditorio convulso y derretido.


En la carrera hacia el metro se escucharon risas, y yo también reí. Pedir un Uber no proporcionaba los pequeños momentos de adrenalina y diversión pura de la pobreza de querer llegar tranochado a casa con sólo cinco pesitos.


Las puertas se cerraron detrás de mí. Llegamos unos 10 segundos antes del tren de medianoche que llegó a Zapata a las doce con cuatro.


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