Esta es una de esas entradas que escribo aquí porque nunca he tenido la displicina de hacer un diario formal. La dejo aquí, a merced de ...

Palíndromos

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Esta es una de esas entradas que escribo aquí porque nunca he tenido la displicina de hacer un diario formal. La dejo aquí, a merced de los algoritmos que todo lo indexan, de algún lector que llegue aquí por casualidad y principalmente con la certeza de que ese lector seré casi siempre yo, quien
venga a leerse a veces para no olvidar, para recodar las épocas anteriores cuando hayan pasado muchos años, como si tuviera miedo de no llegar a viejo y por eso prefiriera ir escribiendo mis memorias conforme las voy viviendo.

En la última noche en Santa Cruz, con mi tía, vimos The Arrival. Es una película de aliens, pero principalmente sobre el lenguaje. La protagonista aprende a interpretar el lenguaje de los extraterrestres, que en su forma escrita es como una mancha de café en el mantel de la mesa, si acaso el café fuera tinta china y la mancha plasmada en el plástico se desparramara en formas más caprichosas.

El lenguaje de los aliens en cuestión tiene la particularidad de no tener inicio ni final. Cada mancha puede leerse de adelante hacia atrás o viceversa sin alterar el significado, como si fuera un anita lava la tina interestelar, o como encontrarse en el día 11 de noviembre del 2011 y poder escribir 11/11/11 sin la precaución extra de saber si escribió uno adecuadamente la fecha.

Tengo dos años y medio viviendo en la Ciudad de México. Al mudarme, dejé atrás un trabajo que también me gustaba, una casa con roomies que me agradaban y muchos muebles que recién había comprado para formarme un mini estudio en mi recámara, pensando que sería periodista freelance por bastante rato y que mejor me convenía tener un espacio de trabajo un poco más cómodo.

Pero también dejé a mi familia. Y con eso, la posibilidad de verlos cada semana, de desayunar carnitas los domingos mientras en el estéreo sonaba algún disco de danzones o de marimbas oaxaqueñas. Desde que vivo 'en México', como decimos los fuereños, sólo me alcanza para ver a mi familia por dos o tres días cada dos o tres meses. Esta vez no había ido a casa desde Año Nuevo. Esta vez duré 9 días en casa.

En mi pueblo el tiempo pasa de manera diferente. Como a las 8 pasa el repartidor del gas y del pescado. Entre 11 y 12 pasan la camioneta del pan. A la 1 pasan las tortillas. El reloj de la calle 20 de noviembre mide el tiempo en vendimias. Así pasa la vida invariable todos los días, con cambios tan lentos y graduales que es casi imposible darse cuenta que ocurren.

Cuando estoy en mi casa, la de la CDMX, llamo a mi familia para preguntar cómo van las cosas en el pueblo. "Aquí todo igual, como siempre", dicen. Y es verdad. Estando 9 días en casa de nuevo caí de nuevo en la deliciosa parsimonia de sus días. Mi tía preparando la comida antes de las 2, mi abuelo pidiendo música en su recámara, la gente llegando a comprar en la pequeña tienda de abarrotes, yo sentado frente a la computadora estudiando para aspirar a una maestría.

Fue casi como era hace 3 años, recién acabando la carrera y trabajando de freelance. Fue casi como hace 5 años, cuando iba a casa de fin de semana para hacer tareas de la universdad. Fue casi como hace 10 años, cuando llegaba de la prepa y me ponía jugar Pokémon en emuladores. Fue así, excepto que no fue igual.

Cuando escribo mis experiencias desde que me mudé a la Ciudad de México, son todas sobre mí. Cómo me perdía para llegar a los eventos en mis primeras semanas de reportero. Cómo me enamoré e inicié un noviazgo con un amigo que conocí años atrás. Cómo conseguí una casa y nuevos roomies que ahora son como mi familia unida por la renta. Cómo terminó mi relación. Cómo sobreviví al terremoto sin un rasguño pero sigo traumado ante cualquier sonido que se asemeje aunque sea remotamente al de la alerta sísmica. Cómo ahora tengo más barba que antes. Cómo he viajado. Cómo he llorado. Cómo he reído.

Lo cierto es que del otro lado de mi historia, en Santa Cruz, muchas cosas han cambiado aunque de primera intancia parezca que cada día es igual al anterior. Hace dos años y medio, por ejemplo, mi abuelo tenía dos piernas. Estos días, en su recámara junto al balcón, puse grabadoras y bocinas para que escuchara los discos de marimba que estaban abandonados en el librero del primer piso al que ya no puede bajar.

En el tiempo que yo he estado en la gran ciudad intentando hacerme una vida, mi abuelo enfrentó el cáncer y lo superó, enfrentó el pie diabético y lo superó, estuvo más de un año sin caminar pero luego lo logró de nuevo, sólo para sufrir después una recaída que terminó en la amputación de su pie derecho.

Hace dos años y medio mi mamá, desde su refugio en casa de mi abuela, todavía me reconocía sin problemas. Pero ahora, cuando la visité, tenía un yeso en su pierna izquierda, y una mirada que me enfocó por un rato antes de concluir que yo era su hijo José Luis. Durante estos años lejos de mi pueblo, la epilepsia y los medicamentos han acabado aún más con su mente. El yeso es porque hace unos meses se cayó, convulsionada, y se fracturó.

En el tianguis me encontré a Sagrario, mi mejor amiga de la primaria. Me contó que había regresado a vivir al pueblo junto con su esposo. Su hijo Josué me saludó de señor y me preguntó que si yo era amigo de su mamá. Le dije que sí y ella me contó que también es zurdo, como yo, y que eso hacía que se acordara seguido de mí. La última vez que había visto a Sagrario, su hijo era un bebé y no tenía cinco años, como esta vez.

Se murió Doña Cruz, la que tenía su tienda junto a la parada de autobús. Doña Mari, la mamá de mi amigo Mr. Bean, está muy enferma. Nedí, la vecina que quiero como a una tía, ya se recuperó de su caída. Edwin, el vecino de enfrente, sigue visitando todos los días a mis papás, y ya entró al kinder. La Prieta, Nena y las demás señoras de la calle se siguen juntando a las 7 de la noche a rezar frente a la capillita de San Felipe, pero ahora es Miriam y no doña Rosalba la que dirige el rosario, porque Doña Rosalba está perdiendo la memoria. Las golondrinas siguen llegando por centenas a la calle y por las tardes vuelan en medio de trinos mientras el sol se oculta tras el Nevado de Colima. El nido que está en una esquinita de mi casa volvió a recibir inquilinos.

Cuando veía con mi tía la película de The Arrival, entristecidos porque era la última noche que pasaba en casa antes de volver a mi vida en la ciudad, pensé que era una buena manera de cerrar los días. El tiempo en mi pueblo es un poco como el lenguaje de los aliens. El palíndromo temporal de la vida en Santa Cruz parece igual, pero ha cambiado.


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