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Ese 'hasta que la muerte nos separe' es un contrato engañoso. Todavía estaba en la universidad cuando surgió el tema por pri...

Todos se están casando

Ese 'hasta que la muerte nos separe' es un contrato engañoso.


Todavía estaba en la universidad cuando surgió el tema por primera vez. No es algo a lo que podamos escapar fácilmente. "Muchos amigos ya se están casando y yo todavía ni novia tengo", dijo Juan por ahí del 2013, pero bien que pudo haber sido Perla en 2015 o Javier en 2018 o Enriqueta en 1984.

En algún momento de la vida toda persona llega a la época dichosa u horrible donde sus amigos, primos, conocidos y vecinos de su edad comienzan a contraer matrimonio, casarse o al menos -como decimos los de Jalisco- arrejuntarse. Sí, suele ser un caos. Sí, aquella alma infortunada -que ni pareja tiene- comienza a angustiarse, a sentir la presión de la maldita sociedad, a ver de lejitos y de reojo al resto de seres humanos contemporáneos que comienzan a sentar cabeza como las reglas de la conviencia lo imponen, y también, en mezcla de rebeldía contra el sistema y de pretexto conveniente (yo diría que 50-50), a decir que uno está requete bien siendo soltero y en general a despotricar contra las normas sociales que lo quieren obligar a uno a casarse nomás tenga cierta edad para poder continuar en el aburrido camino hacia la muerte.

Sí, es un tema complicado. Sí, uno suele angustiarse, incluso aunque no tenga las intenciones, los medios ni el personal necesario (se necesitan dos, al menos) para efectuar el proceso de casarse. Pero, en realidad, últimamente  he llegado a pensar que esa no es la verdadera cuestión que nos atañe.

Ya entré a la edad donde amigos y conocidos se están casando. Pero también ya estoy en la edad en la que los padres de mis amigos se están muriendo.

Lo había pasado por alto. Los papás son para siempre, ¿no? Al menos así suele pensar uno mientras está en el kinder y piensa que tiene la vida resuelta o pa' empezar, ni le pasan por la mente esa clase de situaciones. Uno va por la vida y sí, más adelante puede que uno imagine que en algún momento sus papás ya no van a estar o que quizá le tocará seguir solito cuando sea adulto, pero normalmente suele faltar mucho tiempo para que eso suceda y mejor uno sigue pensando en las cosas que quiere hacer "cuando sea grande" mientras se rasura la barba frondosa de hace un mes frente al espejo.

Hay algo en los votos de matrimonio que estaba implícito y en lo que no había reparado. Ese 'hasta que la muerte nos separe' suele pensarse sólo entre los interpelados, pero ahora que lo veo también nos involucra a su descendencia. 'Hasta que la muerte nos separe' de tenerlos. De ser sus hijos. De que nos guíen. Nos acompañen. Nos observen mientras levantamos el vuelo con nuestras alas flacas y tratamos de vivir nuestras propias vidas. Muchas implicaciones bajo ese contrato oral y usualmente romántico. Hasta cursi.

Me enteré por Facebook de la muerte de la mamá de un conocido de la universidad. Incluso transmitió en vivo el primer rosario. No estuve presente, mandé mis condolencias a distancia y me quedé pensando. Un caso tristísimo. Ojalá no ocurran más. Pero ya murieron al menos dos padres más de conocidos de mi red y ahora el tema me atormenta particularmente más cuando veo que alguno de mis amigos tiene planes de casarse.

Ojalá sólo tuviéramos que preocuparnos por quién se casa con quién y en si nos van a invitar a la fiesta. Encontrar con quién pasar tu vida el resto de tus días es difícil pero en comparación, es menos angustioso pensar en eso a reflexionar en que tus papás probablemente tengan de 60 años para arriba y que, estadísticamente, según la esperanza de vida actual, no faltan muchos años para que se vayan para siempre de tu lado.

Sí, no tengo la vida comprada. A lo mejor me muero al rato. A lo mejor saliendo del trabajo alguien me empuja al metro y muero escandalosamente y de paso arruinándole la noche a los cientos de personas que viajaban en el tren y a los que esperaban subirse para poder llegar a su casa a descansar.

A lo mejor me muero de una forma aburrida. A lo mejor le doy 'publicar' a esta entrada de blog y acto seguido me duele el brazo izquierdo y quedo aquí desparratado e infartado en mi escritorio del trabajo y con mis notas sin redactar. Pero también, a lo mejor, tengo una vida promedio y sobrevivo unas cinco décadas más y me toca la desdicha de enterrar a mis padres.

No quiero que suceda. No estoy listo.

Antes, tampoco quería que mis amigos se casaran, se fueran a vivir lejos y tuviéramos menos tiempo y probabilidades de vernos, pero ahora veo eso como una nimiedad muy fácil de sortear. Se puede apostarle a la distancia, pero no podemos apostar contra la muerte.

Hasta el momento no ha muerto ninguno de los padres de mis amigos más cercanos. No lo deseo ni remotamente. Prefiero verlos sonriendo mientras bailan en sus bodas. Mis posibilidades para tener la mía en los próximos años están casi reducidas a cero. Ojalá que así de remotas fueran también las probabilidades de perder a mis padres. Ojalá que fueran infinitos.

Aquella noche soñé con Australia. Estaba con aquel amigo que había conocido en Chiapas, íbamos en su jeep y nos llevaba a conocer Ayer...

Australia



Aquella noche soñé con Australia. Estaba con aquel amigo que había conocido en Chiapas, íbamos en su jeep y nos llevaba a conocer Ayers Rock.

Yo tenía miedo de alejarme del grupo: los animales salvajes de Australia eran cosa de temer, o al menos así lo pensaba desde mi perspectiva de turista.

De pronto, y de la nada, una tormenta de arena nos obligaba a regresar al jeep.

-Come back!, gritaba mi amigo, y volvíamos a guarecernos bajo el toldo de lona de su vehículo verde seco. 

Regresábamos a Aledaida como por arte de magia. Eran cerca de las seis de la tarde y el sol austral reflejaba sus últimos destellos entre los edificios mientras los observaba desde un parque.

Pensé en que por esas horas apenas estaría amaneciendo en Jalisco. Las veintitrés horas de vuelo que me separaban de mi familia al otro lado del mundo me parecieron pasmosas. Y entonces pensé en Los De Afuera.

¿Cómo sentirían la nostalgia aquellos humanos que vivían en otros planetas?

Me invadió una tristeza infinita, sólo comparada con la inmensidad de la galaxia que aquellos hombres y mujeres habían salido a conquistar desde hacía décadas. ¿Cómo sería extrañar a quien amabas cuando la distancia se medía en años luz? 

Comencé a llorar. Me cuestioné si algún día sería yo mismo capaz de trasladar mi cuerpo hacia los valles resplandecientes de Éo, las playas moradas de Zeltal o al menos hacia las increíbles ciudades de cristal que habían construido en Europa, tan cerca como lo podía estar de la Tierra un satélite de Júpiter.

Mientras mis lágrimas caían, sentía que fluían no sólo por mí, sino por todos aquellos que lloraban desde otro sector de la Vía Láctea, deseando ver a sus hijos o a sus madres que esperaban en casa mientras ellos sentaban las bases de una civilización interestelar.

Se acercó mi hermana. Se sentó en una banqueta tibia y recosté mi cabeza sobre sus piernas. 

Me dijo: -vamos, suelta todo. Libera ese río de pensar.

Me quedé ahí, desahogando la tristeza, una que no era enteramente mía, sino de la humanidad que estaba dispersa a lo largo de la inmensidad.

Las puertas del metro se abrieron en Zapata y salí tímidamente, pero de inmediato cobré velocidad. No era más que uno entre una centen...

El último tren



Las puertas del metro se abrieron en Zapata y salí tímidamente, pero de inmediato cobré velocidad. No era más que uno entre una centena que esperaba llegar a alcanzar el último tren de la conexión hacia Tláhuac.


Veinte minutos atrás engullí una orden con tres de pastor y dos de longaniza, y mi ropa todavía olía a tacos. Treinta minutos atrás gritaba las últimas estrofas de Quimera en un concierto mágico. Antes de esa Jorge Drexler cantó con sólo una guitarra y su voz que nada se pierde, todo se transforma, en la misma ciudad donde vi esa misma frase escrita en un papel colocado en una ofrenda tras el sismo que nos dejó cicatrices a todos en el septiembre pasado. Casi tres horas de música con un auditorio convulso y derretido.


En la carrera hacia el metro se escucharon risas, y yo también reí. Pedir un Uber no proporcionaba los pequeños momentos de adrenalina y diversión pura de la pobreza de querer llegar tranochado a casa con sólo cinco pesitos.


Las puertas se cerraron detrás de mí. Llegamos unos 10 segundos antes del tren de medianoche que llegó a Zapata a las doce con cuatro.

Cuando la vida no es un suitcom . Sentado en la sala, en el preámbulo de la Nochebuena, mi papá me contó cómo conoció a mi madre. -La...

How I Met Your Mother

Cuando la vida no es un suitcom.

Sentado en la sala, en el preámbulo de la Nochebuena, mi papá me contó cómo conoció a mi madre.

-La noche que naciste llegué corriendo a la casa y tu tío Pedro estaba en la sala viendo películas-, dijo. -Me le eché encima y grité: ¡fue niño!

Debe ser algo común. Me refiero al escenario común de uno conociendo la historia de uno mismo y de cómo fue que llegó al mundo, cómo sus padres se conocieron y terminaron juntos. Sin embargo, en ese momento, el señor con cabestrillo sentado frente a mi en la sala de mi casa estaba revelándome algo inédito y desconocido para mis veinticinco años de edad.

-No quisimos saber si ibas a ser niña o niño. Nomás saber si venías bien o no. Era más emocionante la sorpresa-, dijo.

Camino del hospital a la casa, mi papá se encontró a un señor que vendía un coche y lo compró, de puro gusto. Le dijo a mi tío -que en ese momento vivía con ellos- que el niño traía auto bajo el brazo.

Eran épocas de bonanza y de felicidad. Pero no duraron mucho.

Me sé completa la historia siguiente. Seis meses después de mi nacimiento, mi mamá se enfermó de epilepsia. Despertó en la cama de un hospital amarrada de pies y manos después de haberse convulsionado como una poseída en su trabajo. Mi papá pensó que lo mejor que podía hacer ante la enfermedad y la responsabilidad era emborracharse. Luego comenzó la violencia. Cuando yo tenía cinco años y mi hermana dos, una caravana de parientes llegó por mi mamá y sus hijos y nos llevó a vivir a Jalisco. Me sabía esa historia con base en recuerdos y anécdotas reconstruidas. Pero no conocía la precuela.

Ese día, muchos huecos del conocimiento de mi historia fueron llenados.

Por ejemplo, no sabía por qué mi papá, que a veces decía que había estudiado Química y otras veces que Farmacia, había terminado trabajando de repartidor de Marinela. Desde luego, cuando tenía cuatro años, ese era para mí un empleo fabuloso, porque mi papá siempre llegaba a casa con Gansitos y otros manjares poco vitamínicos del trabajo. Pero, ya en mi etapa joven-adultez millennial obsesionada con la necesidad de ejercer mi carrera para sobrevivir no tan jodidamente, me comencé a preguntar por qué mi papá no hizo lo propio con la suya.

Resulta que mi papá, quien también se llama José Luis, estudió tres carreras técnicas. La primera en Alimentos, la segunda en Química y la tercera en Farmacia. Según eso, tenía planes de hacer una universitaria, pero en lo que era aceptado en una facultad y no quería perder el tiempo, se ponía a estudiar de nuevo otro bachillerato técnico.

Un buen día de principios de los años 90, mi mamá y su hermana fueron a la Ciudad de México de vacaciones. Se hospedaron con otro de sus hermanos, que vivía en una unidad habitacional. Ahí vivía mi papá, con su papá: y fue el lugar donde se conocieron. Por esas fechas, mi papá estaba terminando la última de sus carreras.

Duraron un año y medio de novios. Mi mamá consiguió trabajo en la ciudad y se quedó a vivir acá. Un día, con la intención de conocer a los suegros, los felices novios fueron a Santa Cruz, el pueblo de Jalisco de donde es mi mamá.

-¿Así que usted es el novio de mi'ja? ¡Pásele!-, dijo mi papá que le dijo mi Papá Fili, con un tono de "macho jalisciense antiguo", según su descripción.

La conversación continuó al interior de la casa.

-¡Mañana mismo los casamos!-, dijo Don Filiberto. -Por ahí conozco dos o tres personas que pueden fungir como testigos-.

Y los casaron. Mi papá se paniqueó, evidentemente, pero como él y mi mamá se amaban y de todos modos pensaban casarse, accedieron. Sin embargo, la condición de los suegros fue que mis papás no podían vivir juntos hasta que se casaran por la Ley de Dios.

Eso ocurrió seis meses después, en enero de 1992. Como si hubiera servido de algo. El día de la boda por la iglesia, ella ya estaba embarazada de mí.

-No nos comimos la torta antes del recreo-, justificó mi papá. -Ya estábamos casados.

Mi papá fue más atrás en el tiempo.

Lo sabía de antemano, pero nunca conocí los detalles completos. Cuando los papás de mi papá se divorciaron, él tenía cinco años.

-Repetí la historia-, dijo mi papá. Cuando él se separó de mi mamá, yo tenía cinco años.

Mi papá se crió junto con sus hermanos en Ixtepec, Oaxaca. Allá pasó desde los cinco hasta los dieciséis años, viviendo con su abuela paterna y su abuelastro. Pero no fue agradable. Como mi papá no era nieto del esposo de mi bisabuela, nunca lo quiso.

-Vete a comer con el perro-, dijo que le decía. -No puedes estar en la mesa conmigo.

Mi bisabuela quería mucho a sus nietos, y por defenderlos, recibía los golpes de su esposo. A los dieciséis, mi papá regresó a la Ciudad de México, con su papá.

-O estudias o trabajas-, fueron las condiciones de mi abuelo. Y así comenzaron los estudios de mi papá.

Me contó mi papá que cuando estudiaba Química hizo sus prácticas profesionales en el Excélsior. Trabajó en el laboratorio de fotografía, revelando imágenes. Su mamá también trabajaba en el periódico; era quien atendía la cafetería.

El hijo de mi papá creció lejos de él y terminó siendo periodista. What a coincidence. O tal vez sólo estoy rellenando sucesos aleatorios en nuestras vidas para sentir que mi papá y yo de hecho tenemos cosas en común aunque no hayamos vivido juntos.

Poco tiempo después de casados, el futuro de mis padres era brillante.

-Teníamos el mundo a nuestros pies-, dijo mi papá.

Mi mamá ganaba bien como secretaria de una empresa de papelería, pero trabajaba mucho. Mi papá acababa de conseguir un empleo prometedor en una empresa farmacéutica. Se mudaron a su nuevo departamento, mi mamá tenía coche y su hijo recién nacido iba a crecer en una familia próspera y feliz.

Entonces fue cuando a mi mamá le diagnosticaron epilepsia. Siguió trabajando un año más haciendo home office, hasta que no se pudo más.

Mi abuela paterna se enfermó. Le dijo a mi papá que quería que él se encargara de la cafetería del Excélsior mientras ella estaba en sus tratamientos. Intentó negarse, pues su nuevo empleo le gustaba, era relacionado con su carrera y ganaría bien.

-Eres el hijo mayor y te necesito más que nunca-, dijo mi papá que dijo mi abuela. Y renunció.

Duró cuatro años atendiendo la cafetería. Supongo que pensó que como también había estudiado Alimentos, no estaba tan desencaminado. Pero, cuando pasó todo, el mejor trabajo que pudo encontrar después fue el de repartidor de Marinela. Para entonces, ya había nacido mi hermana, y la responsabilidad estaba canija.

Veo a mi papá sentado en mi sala. Es un señor de cincuenta y un años que vive en un centro de rehabilitación de alcoholismo desde hace casi tres. Se parece a mí. No: yo me parezco a él. Me pregunto si su rostro será el mío a mis cincuentas. Saco las cuentas y reflexiono que a mi edad, él ya se había casado.

 Pienso en que debió haber sido bonito tener una familia normal. Pero también pienso en que no la quiero. Lo que soy, lo que somos, se debe a todo lo que hemos vivido. Y lo agradezco.

El Uber me dejó en el Mega Balcones. La noche anterior vi el supermercado desde un turibús, y cerca de ahí, la Glorieta de la Paz, reconocie...

La casa del intercambio

El Uber me dejó en el Mega Balcones. La noche anterior vi el supermercado desde un turibús, y cerca de ahí, la Glorieta de la Paz, reconociendo de inmediato la zona donde estaba la casa que me acogió durante cinco meses en 2012.


Tenía cinco horas antes de que tuviera que estar en el aeropuerto, y para aprovecharlas emprendí la misión que había estado pensando desde que comencé el viaje en Mérida: visitar la casa donde viví cuando estuve de intercambio en esa ciudad y averiguar qué había pasado con Doña Preciosa, la dueña de la propiedad.


Llegué al supermercado como punto de partida. No recordaba la dirección exacta, pero confiaba en que mis recuerdos me harían llegar al domicilio. El Mega era el lugar donde surtía la despensa y desde donde regresaba caminando a casa.


Dentro del almacén todo estaba igual que hacía 5 años. Puestos de artesanías y mole oaxaqueño junto al estacionamiento, cajones automáticos de Santander y Banamex donde retiraba la mesada de mi beca ANUIES, rampas eléctricas hacia el segundo piso.


Entré a la tienda porque quería comprar agua y buscar unas especias que sólo ahí he visto. Encontré los frascos con una mezcla de pimienta y semillas de cilantro en el mismo estante donde se exhibían en 2012. Tomé dos frascos, sin saber cuándo volvería.


Todos somos unos viejos nostálgicos. Incluso nosotros, los millennials, que nos las damos de modernos y que repetimos #YOLO cada que podemos como si verdad nos lo creyéramos: en realidad, entré al supermercado porque quería sentir nostalgia. Y la encontré.


Me vi a mi mismo cinco años atrás comprando la primera despensa con Arlette, el mismo día de agosto que llegamos a la ciudad, imaginando cómo sería esa experiencia y sin sospechar que en la misma casa nos encontraríamos a Jessica y a Juan Miguel, también estudiantes del CUSur pero a quienes nunca habíamos visto en Ciudad Guzmán.


Me vi recorriendo los pasillos junto a Arlette, Jessica y Juan Miguel, maximizando recursos con dieta de arroz, pasta y Guten, y encontré a la carne ficticia en los mismos pasillos que cinco años atrás.


Pagué la cuenta y antes de salir vi en el mismo lugar la báscula que por cinco pesos te decía peso y talla. Me acordé que días antes de regresar a Jalisco acompañé a Arlette a pesar su maleta en esa báscula para tantear si todavía estaba en los límites del peso amparado por su equipaje documentado.


En los días que estuve de visita en Mérida, recorrí los lugares donde fui feliz. Encontré el mismo Oxxo cerca de la Catedral y el mismo negocio de quesadillas al otro lado. Cené gorditas de cochinita en el mismo negocio en la esquina del centro, y me sorprendí de que las cosas siguieran prácticamente iguales a pesar del tiempo transcurrido.


Todo era igual, excepto que todo era distinto.


Hace cinco años, era un alumno de Periodismo emocionado por iniciar su quinto semestre de estudios. Cuando llegué a Mérida, todavía tenía 19 años.


Ahora, visitaba la ciudad de vacaciones desde una perspectiva diferente y con 25 años cumplidos. Terminé mi carrera en 2014 y desde 2015 trabajo en un periódico nacional escribiendo sobre celulares, videojuegos y startups. Lo que apenas alcanzaba a soñar en ese entonces ahora está hecho realidad.


Salí del centro comercial con mis compras y caminé hacia mi ex casa guiado únicamente por mis memorias. Recordaba caminar hacia la izquierda del súper, luego cruzar la avenida y meterme por la primera calle hacia la colonia.


Redescubrí que la calle era la 29 y la colonia se llamaba Buenavista. Ahora sólo me faltaba seguir durante unas cuatro cuadras hasta llegar.


Comencé a preguntarme qué clase de escenario me esperaría. Tocaría el timbre, ¿y luego? No recordaba el nombre de Doña Preciosa, como para preguntar por ella si alguien desconocido me atendía en la puerta. Pero la recordaba a ella.


Era una mujer anciana y pequeñita. Tenía el pelo corto y un marcado acento yucateco. Tocaba el piano en las mañanas y tenía un par de alumnos a quienes daba clases. Le decíamos Doña Preciosa por la manera en que nos saludaba, siempre con su acento yucateco.


"Buen día, preciosos". "¿Cómo están, preciosos?" "¿Qué están cocinando, preciosos?" "¿Ya se van?, vaya biem, preciosos".


La manera en que Arlette y yo llegamos a vivir ahí nos sigue sorprendiendo. No sabemos cómo, pero Arlette recibió una llamada de su parte para ofrecernos su casa en el momento en que más desesperados estábamos por encontrar un lugar para vivir.


"Es una casa maravillosa, con seis recámaras y alberca", recuerdo oírla por el altavoz.


Desorientados, encontramos la casa y nos gustó. Estuvimos de acuerdo con el pago de 3 mil pesos por la habitación, que compartiríamos, y donde había dos camas matrimoniales. Después conocimos a Juanmi y Jessica y comenzó nuestra historia.


Visualicé la casa mientras me aproximaba a ella. Estaba en la esquina y tenía cuatro puertas: una por donde se entraba a la cocina, otra hacia el cuarto de Jessy y Juanmi, un portón en el patio y la puerta principal. No tenía reja ni cerca como otras casas vecinas, pero sí amplias banquetas con pasto. A la fecha, creo que es la mejor casa en la que me ha tocado vivir desde que comencé la aventura de vivir independiente en 2010.


Comparé mis recuerdos con los de las casas por las que iba pasando y entonces reconocí la que era la construcción de enfrente: una negocio de agua purificada y aires acondicionados. Enfrente debería estar la casa de Doña Preciosa. Sólo que no estaba.


En su lugar, había una casa nueva, moderna, angulosa y enorme. Blanca con negra, como de catálogo, con fuentes de agua y paredes de cristal, la impostora se alzaba orgullosa sobre la que también fuera mi casa. Mía y de mis amigos, mía y de Doña Preciosa.


Durante todo ese tiempo había estado ignorando una probabilidad. Antes de partir, nos enteramos que la señora quería vender la casa. Decía que salía muy caro mantenerla y que la renta de los cuartos no alcanzaba. Pero una vez la escuchamos discutir con uno de sus hijos. Parecía que en realidad, quien quería vender la casa era él. Le urgía.


Analicé la construcción desde afuera y vi una puerta entreabierta hacia el patio donde había unos albañiles. Seguí de largo por la calle con un montón de dudas en la cabeza. ¿Sí era esa la casa? ¿Me habría confundido? Y, sobre todo: ¿habría muerto Doña Preciosa?


Llegué la siguiente cuadra pensando que podía haberme equivocado de esquina, pero no. Pensé en irme de ahí en ese momento, pero no podía llamarme reportero sin al menos preguntar qué había pasado.


Me asomé por el patio y donde estuviera la alberca ahora había rocas y arena. Dije buenas tardes y salió un señor a atenderme. Le expliqué que hacía 5 años yo había vivido en la casa que había ahí, que rentaba uno de los cuartos de la señora y que como estaba de vacaciones, había querido ir a visitarla y ver cómo estaba. Que si no sabía qué había pasado.


El señor era trabajador de una constructora desde hacía 15 años. Dijo que la casa nueva tenía un año de haberse construido y que eran las oficinas de la empresa. Que el hijo de la señora había vendido la casa y los nuevos dueños habían decidido demolerla para hacer ahí la nueva construcción.


-Ni la alberca dejaron, yo pensé que me iba a poder bañar ahí, pero la enterraron-, dijo.


Me contó que la correspondencia de la señora seguía llegando a veces a la nueva casa. Que guardaban todas las cartas en un cajón. Que el hijo no había vuelto a aparecerse y que no sabía si la señora todavía vivía.


Le pareció triste que tiraran una casa que no estaba fea.


-Con mantenimiento y una pintadita, yo creo que la podían seguir rentando-, opinó. No sabía en cuánto la habían comprado sus patrones.


Me despedí. En mi mente se agolparon una centena de recuerdos.


La vez que hicimos una fiesta por mis 20 años en la alberca y se llenó de desconocidos que también iban de intercambio. Las noches de desvelos en el patio hablando de la vida y el futuro. La recámara de Jessy en la esquina de la propiedad, donde vivimos 10 personas a escondidas el último mes de la experiencia porque ya nos habíamos acabado los fondos de la beca. La cena de Navidad de 2012 antes de regresar a nuestras respectivas casas.


La vez que pisé en la noche a Doña Preciosa porque estaba en un pasillo haciendo yoga en la oscuridad. La vez que Doña Preciosa me contó su vida en la cocina. La vez que intentó darme clases de piano. Su piano. Sus muebles. Sus cuadros. Su perro, Cocsito.


Es increíble cómo 5 meses pudieron marcar de tantas formas distintas mi vida. Pero bastaron un par de decisiones y unas máquinas demoledoras para echar abajo todo rastro que pudimos dejar los habitantes de la casa, tanto lo temporales como quienes pasaron ahí tantos años de sus vidas. En cinco años, todo en Mérida parecía igual, pero la casa donde viví ya no estaba.


Caminé hacia la avenida cargando mi mochila. Agradecí a Mérida por lo dado cinco años atrás y también en el momento presente.


"Adiós, Doña Preciosa", pensé. "Donde quiera que esté".


Y le dediqué mis recuerdos.