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El sonido de los violines e instrumentos afinándose es en sí mismo, música. Aquella noche, la iglesia de la Virgen del Sagrario de Ta...

Veladoras eléctricas



El sonido de los violines e instrumentos afinándose es en sí mismo, música. Aquella noche, la iglesia de la Virgen del Sagrario de Tamazula reverberaba con los ecos discordantes de violines, contrabajos, violonchelos, flautas y clarinetes. Eran una sinfonía improvisada tocada por una treintena de adolescentes nerviosos. 

Uno de ellos era yo.

Al fondo, en una esquina, a los pies de la escalinata del altar, estaba la versión de mí mismo de unos doce años. Pantalón negro, camisa blanca, zapatos negros y bufanda roja. También traía un gorrito rojo de fieltro. Era el primer concierto de mi vida, y el primero de todos los que esa noche de diciembre estaban hechos bolas con sus respectivos instrumentos, acomodando atriles y partichelas.

A mi lado estaba Ileana, la niña con la que compartía las percusiones. Nosotros no teníamos cuerdas qué estirar ni brea qué untar en los arcos de nuestros violines. Si acaso, apretar la tuerca del platillo un poco o jalar un poco más el entorchado de la tarola. Estaba ahí sentado, impaciente, escuchando al resto de los instrumentos siendo afinados, mis nervios en forma de sudor en mis manos heladas y flaquitas.

Enseguida de la orquesta acomodada se seguían las bancas, ocupadas por completo a lo largo y ancho del templo. El público eran nuestros familiares, pero también habitantes del pueblo. Estaban el presidente municipal y su esposa en primera fila, ansiosos por presumir que ellos sí invertían en cultura y que para muestra habían montado la primera orquesta infantil y juvenil del municipio. Pero no era su presencia la que me intimidaba. 

En alguna de las bancas estaban sentadas mi tía y mi abuelo. También estaba mi hermana, que tendría unos nueve años y llevaba un vestido bonito. Y estaba mi papá. 

Recuerdo estar en la secundaria y esperar ansioso esa junta de padres de familia en la que mi papá visitara mi escuela y entonces poder presentárselo a mis compañeros. Recuerdo las playeras amarillas de manga larga y letras azules del Cirque Du Solei que nos trajo a mi y a mi hermana cuando llegó de pronto a casa, para visitarnos por primera vez en años. Recuerdo mis ganas de contarle a todo el mundo que mi papá era cocinero en el Cirque Du Solei, se había hecho amigo de atletas de todo el mundo y había ido a Santa Cruz a vernos mientras el circo estaba de gira en Guadalajara. Recuerdo sentirme orgulloso de él por haberse rehabilitado.

Mi papá estaba esa noche en el templo. No le quedaban muchos días de vacaciones. Pero no importaba: iba a ser testigo de mi primer concierto.

A decir verdad, no podría decir cómo lucían sus rostros. No podría decir si mi tía estaba llorando, si mi hermana se estaba quedando dormida o si mi abuelo estaría con los ojos cerrados y el rostro ligeramente levantado, como ajustando sus oídos para compensar en sonido la experiencia que la ceguera le privaba. No podría decirlo porque desde mi rincón no los alcanzaba a ver. Estaba acompañado por ellos pero al mismo tiempo solo en lo que me esperaba en los siguientes momentos.

Traía monedas en mi pantalón. No sé por qué, no sé de qué eran el cambio o si eran mi domingo, pero ahí estaban. Las sentía mientras estaba sentado impaciente. A mi lado izquierdo, sobre las escaleras del altar, había una de esas máquinas de velitas eléctricas. Uno ponía una moneda y se entendían tímidamente unas lucecitas led que eran como llamitas que tililaban para Dios. 

Recuerdo que me encomendé a la Virgen. Recuerdo mi fe de entonces transparente y pura. Saqué una moneda de cinco y la eché en la ranura. Una decena de velitas se encendió y me sentí entonces un poquito menos nervioso. Pero no se alcanzó a iluminar toda la fila, así que metí más dinero. Le pedí a la Virgen que me ayudara, le pedí que me quitara los nervios, que no me fuera a equivocar y que me ayudara a tocar los tambores como se suponía que tenía que hacerlo. Me sentía tan nervioso que pensaba que las baquetas se me iban a resbalar a mitad del Va, Pensiero y entonces iba a hacer quedar a toda la orquesta en vergüenza.

El Director hizo una pantomima de salir de escena para luego volver, inclinarse ante el público, recibir aplausos y después pararse sobre un estrado pequeñito de espaldas a la audiencia. Barrió con la mirada a cada uno de sus estudiantes músicos y entonces levantó los brazos, la batuta sostenida en su mano derecha. Comenzó el concierto. 

Afuera, la luna brillaba fría e iluminaba el pueblo cañero. Más tarde, el atrio se llenaría de risas y felicitaciones. Cenaríamos pozole. Me tomaría fotos con mi papá con la cámara de 35 milímetros que me trajo a regalar.

Esa noche le metí plegarias en forma de monedas a la máquina hasta que se me acabó el dinero. Eso pasó como a las tres canciones. Poco a poco, las lucecitas parpadeantes se fueron apagando.

Pero ya no estaba más nervioso.

-Anoche Mayron prendió la lavadora -le dije a Sonia-. Pulsó el botón que hace mover el tambor para calcular cuánta ropa tiene y con base en ...

Cinturones

-Anoche Mayron prendió la lavadora -le dije a Sonia-. Pulsó el botón que hace mover el tambor para calcular cuánta ropa tiene y con base en eso soltar el agua necesaria. Y entonces hizo un ruido extraño, como si algo de metal en su interior estuviera arrastrándose.

Mi amiga estaba sentada en la sala, frente al televisor y donde tambíen estaba colocado el electrodoméstico que no cupo en el patio de la cocina.

-Estábamos jugando Mario Kart cuando metió su ropa a lavar, pero yo estaba asustado. Mayron puso la lavadora a funcionar y en momentos se escuchaba ese ruido, ¿sabes?, como de si algo estuviera roto por dentro. "¿No lo escuchas?", le decía a Mayron. "No, weón", me respondía. "Es el ruido normal"", le conté a Sonia. Ella me observaba sin interrumpir.

-Pero no lo era, ¿me explico?, -proseguí-. Es como con los dueños de un coche que van manejando y escuchan algo raro, algo que los demás no captan, pero que ellos identifican de inmediato. Así me sentía con la lavadora. Ya la conozco. Sé los ruidos que hace al lavar. Y ese sonido no era normal.

Sonia asintió. Entrecerró los ojos, tratando de captar el hilo de mi conversación. Le tomó al café que sostenía entre las dos manos, como hacía siempre.

-Comencé a pensar en el resto de problemas de la casa y en que todos ellos significan dinero-, me confesé-. Como las chinches. Las putas chinches. Antes de la fumigación dormí mal toda la semana dormí mal porque no podía dejar de imaginar que estaban subiendo en la cama, caminando sobre mí y picándome. Te juro que pasé las últimas tres noches en vela con la lamparita de mi celular encendida, aluzando las sábanas y buscando alguno de esos insectos rondando por ahí, algún rastro de sangre que me confirmara que me estaban picando-, me desahogué.

-Y encima Callle estaba en sus días. En la sábana había manchitas secas de la menstruación de Calle y yo no podía saber si era sangre de piquete de chinches o de la perra que me ensució la cama. Te lo juro. Pasé noches muy feas.

Me di cuenta que estaba divagando. Sonia me observaba mientras tomaba su café.

-¿Y qué le pasó a la lavadora?, preguntó.

-Seguimos jugando, -le dije-. Yo tenía a Mario Tanuki y Mayron a Yoshi. Pero me estaba yendo mal en el videojuego. No podía dejar de poner atención a los sonidos que hacía la lavadora al trabajar. Puta madre. Apenas hace dos o tres semanas decretamos que la lavadora estaba bien. ¿No te conté que hace como mes y medio pensamos que estaba descompuesta? Una noche vino Antonio a lavar su ropa y como nos daba flojera poner varias cargas, la metimos toda junta. La siguiente vez que iba a poner a lavar, me di cuenta que hacía un ruido horrible. Seguro fue porque la sobrecargué.

-Lo curioso de esa vez fue que en el trancurso de como dos semanas vinieron dos técnicos diferentes a revisar la lavadora-, comencé a narrar, con un tono de voz distinto. -Tuve que hacer un buen de llamadas y citas, porque varios me quedaron mal. Uno de ellos era de este servicio que pides en línea, IguanaFix. Pensé que serían serios, yo entrevisté a los fundadores un día, pero como hasta la tercera cita este señor se apareció a revisar la lavadora. La volteó de cabeza, la revisó por dentro y dijo que se había descompuesto porque nunca limpiamos el filtro de la pelusa. Dijo que la reparación serían como mil 500, máximo. Pero luego la empresa mandó la cotización. Eran casi 3 mil pesos, Sonia.

Ella sólo escuchaba. Le tomaba a su café y me escuchaba. Supongo que estaba acostumbrada a mis historias de señora que parecían no ir a ningún lado.

-¿Y los pagaron?-, preguntó, escuetamente.

-No. Era una puta estafa. Está bien que seamos puros hombres los que vivimos en la casa y no sepamos mucho de lavadoras, pero eso estaba carísimo. Busqué otras opciones. Como a los dos días encontré otro servicio de reparaciones y les llamé. Vinieron a la casa en la mañana, antes de que me fuera a trabajar. Antes de que llegaran, se me ocurrió ponerla a funcionar en un ciclo con el mínimo de agua, para que no perdiéramos tiempo esperando a que se llenara cuando llegaran los técnicos. Pero entonces la lavadora comenzó a funcionar y nos dimos cuenta que no estaba haciendo ruidos extraños.

-¿Cómo?-, preguntó mi amiga, sacada de onda.

-Sí-, le dije. -Comenzó a funcionar normalmente. Como si nunca hubiera tenido nada. Lo único que se nos ocurrió fue que el primer técnico, de alguna manera, la había reparado. A lo mejor sólo tenía algo mal acomodado y se compuso cuando estuvo de cabeza. En fin. Los ténicos ya estaban afuera de la casa y no había manera de cancelar, así que sólo les pedí que nos reemplazaran una de las abrazaderas de las mangueras, porque estaba rota. Cobraron 200 pesos.

Sonia seguía con los ojos entrecerrados. Era una mujer paciente, pero al parecer esta vez sí me había ido por las ramas demasiado.

-Perdón-, le dije.Tenía que contarte esa otra historia primero. Después de como tres torneos perdidos de Mario Kart, los ruidos de la lavadora comenzaron a ser más fuertes. Yo sólo podía pensar en que ahora sí se había descompuesto de a deveras, que seguramente desde la primera vez estaba mal y sólo se había medio acomodado. Ahora sí había tronado y seguramente iba a tener que pagar unos tres mil pesos por la reparación. ¿Y de dónde chingados? Puta madre, la vida de adulto es una mierda cuando sabes que pagar una compostura de lavadora te va a dejar en bancarrota por todo el mes. Te juro Sonia que en algún momento yo también decidí que los ruidos que estaba haciendo eran normales.

-¿Y luego?- preguntó.

-Nada, dejé de hacerme pendejo y me paré. Si de verdad estaba algo roto dentro de la lavadora, dejarla funcionar sin más iba a empeorar las cosas. Mayron le puso pausa a la carrera y le dije que no podíamos seguir usándola. Me puse según yo a ver si no había algo zafado, como si de verdad pudiera llegar a identificarlo.

-No inventes, qué mal.

-Espérate-, le dije. Mayron se acercó también a ver si podíamos ver qué tenía la lavadora. Pero él metió la mano en la tina, no sé si para alcanzar a tocar el motor o algo, y entonces sacó uno de los pantalones que se estaban lavando. No le había quitado el cinturón. Eso era lo que estaba dando vueltas en la lavadora y lo que hacía el ruido de descompuesto. Puta madre.

-¿Neta?, dijo, y se carcajeó.

-Maldita sea-, exclamé. Duré como 20 minutos con mi malviaje mental, pensando en que no podríamos lavar de nuevo quién sabe por cuánto tiempo, que quién sabe cuánto nos cobraría el técnico, y al final era un puto cinturón el del problema. Volvimos a prender la lavadora y siguió lavando como si nada. El ronroneo de un gato a media noche hubiera sido más ruidoso que la lavadora.

-Bueno, al menos no pasó a mayores, dijo Sonia.

-Meh, sí. Al menos.

Nos quedamos un rato sin decir nada más. Se me olvidó que yo también tenía un café. Le tomé y estaba frío. Si hubiera sido una cerveza, se habría calentado. Luego ella propuso ponerle más agua a la cafetera. Le dije que sí.

Lista de cosas que vi en la Isla de Jeju. Un aeropuerto en Seúl repleto de niños. La guía explicándonos que es porque es día de paseos ...

Jeju

Lista de cosas que vi en la Isla de Jeju.

Un aeropuerto en Seúl repleto de niños. La guía explicándonos que es porque es día de paseos escolares. Yo recordando que mis paseos de la escuela solían ser en camiones viejos de color amarillo. Saludos efusivos cuando mi grupo pasaba junto a ellos. Casi todos los muchachos con el pelo cortado de honguito.

Un templo budista asimétrico y sobrecogedor en la cima de un cerrito en la isla de Jeju. Yo pisando su suelo con solo calcetines cubriendo mis pies. El silencio del interior. Yo pensando: "qué obras tan grandiosas hace la gente por Dios". Un Buda gigante sentado sobre sus piernas y cubriéndolo todo con su mirada benevolente. Una escalera angosta hacia el segundo piso del templo. Miles de billetes de colores y lámparas de papel colgados del techo. Cientos de veladoras eléctricas encendidas y cientos más por encender. Una señora que se soltó a platicar con una amiga periodista y conmigo al escuchar nuestro intento de 'hola' en coreano. Ella repitiendo "Meshico, ooh", tras decirle el nombre de nuestro país.

Un templo pequeño enclavado en una cueva detrás de la iglesia monumental. Un Buda feliz de piedra en su propia fuente de agua curativa a la entrada de la roca. Tres cucharones de madera para tomar agua para beber. Un monje budista al interior del templo entonando los cánticos de una ceremonia. Unas ocho personas arrodilladas a su lado. Tres figuras budistas al frente del altar, atestiguando la misa. Yo bebiendo el agua fresca de la fuente. Una niña sonriente llegando al templo. Su mamá detrás de ella.

Una cascada que tira sus aguas al mar. Yo bajando las escaleras de piedra y madera rumbo al espectáculo. Agua pulverizada pegada en mi piel. El río saltando al vacío en un acantilado. Una pequeña represa, piedras resbalosas, y enseguida el mar. Yo pensando que nunca había visto nada parecido. Una muchachada llenando de pronto el lugar. Vendedores de mandarinas, salchichas y souvenirs a la entrada del parque natural, recordándome a los que están en los Lagos de Montebello.

Niebla lechosa agolpándose tras las ventanas de un restaurante en un cayo de la isla. Una vista que se suponía iba a ser panorámica. Viento de niebla metiéndose por mi playera. Cuatro señoras tomándose fotos con sus impermeables rosas y sus palos para selfies. Bajando por la ladera del cayo hasta la verja de madera. Las olas del mar chocando contra las rocas negras, como en un video musical de Woodkid.

Un señor delgadito poniéndome cuidado mientras le sirvo azúcar a mi café. Preguntándome si soy americano. Yo respondiendo que soy mexicano. Su esposa, muy bonita, sonriendo. El señor invitándome a sentarme a convivir en su mesa aunque apenas puede decir algunas palabras en inglés. Yo rechazando la propuesta porque ya se va mi grupo de periodistas.

La cocinera de un restaurante enseñándome a comer uno de sus platos típicos. Cortando un trozo de carne de cerdo de la estufa que está instalada en medio de la mesa. Diciendo en voz alta los ingredientes mientras va armando una especie de taco coreano: ¡Lettuceee!... ¡Pooork!.... ¡Oñiooon!... ¡Pestooo!... ¡Kimchiiii!
Yo tratando de agarrarle el gusto a esas verduras fermentadas.

Duna, nuestra guía, contándome cosas de su vida. Yo descubriendo que tiene 44 años aunque juraba que tenía unos 20. Ella recibiendo una videollamada con su hermana. Yo saludando a su sobrina de 2 años, a su hermana y a su cuñado por la pantalla de su celular.

La lluvia ligera pero persistente durante mi estancia en la isla. La humedad calurosa del ambiente pese al estado lluvioso. Excepto cuando hace viento. Mi cuerpo empujado por un ventarrón exagerado mientras camino de vuelta al autobús.

Yo viendo todo lo que puedo por la ventana del bus que me transporta por la isla junto con los demás periodistas. Estructuras en forma de corazón y con bancas en medio de campos de flores y hortalizas. Parcelas de distintos sembradíos divididas por pequeñas bardas hechas de piedra juntada, como he visto muchas en mi pueblo. Paradas de autobús a la orilla de la carretera. Letreros escritos en coreano. Señales de cruzar la calle con el dibujo de una pareja de ancianos.

Casas de todo tipo: con techos de teja y acabados del estereotipo asiático. Cuadradas y hechas de manera. Con techos a dos aguas y con techos planos. Con ventanas pequeñitas y con ventanas corredizas de papel y madera. De ladrillo y concreto como las de mi pueblo.

Tótems de piedra a la entrada de los templos. Tótems de piedra a la orilla de la carretera. Tótems mirando al mar. Tótems pequeñitos que se venden como recuerditos. Yo pensando que parecen una mezcla de tótems hawaianos, de la Polinesia y de la isla de Pascua. Una isla con su propia identidad.

Mandarinas jugosas en anuncios espectaculares. Mandarinas a la venta en puestos callejeros. Mandarinas en el hotel para desayunar. Jugo de mandarina embotellado. Mermelada de mandarina para embarrarle al pan. Mandarinas en crecimiento en huertas junto a la carretera. Mandarinas en los souvenirs que venden en Jeju.

Una moto pequeña estacionada a la orilla del camino. Un monumento de piedra con caracteres coreanos detrás.

Tierra café y fértil incluso a la orilla del mar. Piedras porosas bajo mis pies recordándome que estoy en una isla formada por un volcán.

Ranas cantando muy fuerte en la noche hasta que me quedo dormido.

Botes de basura con forma de maletas en el aeropuerto.

Empleados del aeropuerto agitando las manos para despedir al avión desde la pista de despegue.

La isla más grande de Corea haciéndose chiquita mientras el avión se eleva. Yo quedándome dormido mientras prometo regresar algún día.



Esta es una de esas entradas que escribo aquí porque nunca he tenido la displicina de hacer un diario formal. La dejo aquí, a merced de ...

Palíndromos



Esta es una de esas entradas que escribo aquí porque nunca he tenido la displicina de hacer un diario formal. La dejo aquí, a merced de los algoritmos que todo lo indexan, de algún lector que llegue aquí por casualidad y principalmente con la certeza de que ese lector seré casi siempre yo, quien
venga a leerse a veces para no olvidar, para recodar las épocas anteriores cuando hayan pasado muchos años, como si tuviera miedo de no llegar a viejo y por eso prefiriera ir escribiendo mis memorias conforme las voy viviendo.

En la última noche en Santa Cruz, con mi tía, vimos The Arrival. Es una película de aliens, pero principalmente sobre el lenguaje. La protagonista aprende a interpretar el lenguaje de los extraterrestres, que en su forma escrita es como una mancha de café en el mantel de la mesa, si acaso el café fuera tinta china y la mancha plasmada en el plástico se desparramara en formas más caprichosas.

El lenguaje de los aliens en cuestión tiene la particularidad de no tener inicio ni final. Cada mancha puede leerse de adelante hacia atrás o viceversa sin alterar el significado, como si fuera un anita lava la tina interestelar, o como encontrarse en el día 11 de noviembre del 2011 y poder escribir 11/11/11 sin la precaución extra de saber si escribió uno adecuadamente la fecha.

Tengo dos años y medio viviendo en la Ciudad de México. Al mudarme, dejé atrás un trabajo que también me gustaba, una casa con roomies que me agradaban y muchos muebles que recién había comprado para formarme un mini estudio en mi recámara, pensando que sería periodista freelance por bastante rato y que mejor me convenía tener un espacio de trabajo un poco más cómodo.

Pero también dejé a mi familia. Y con eso, la posibilidad de verlos cada semana, de desayunar carnitas los domingos mientras en el estéreo sonaba algún disco de danzones o de marimbas oaxaqueñas. Desde que vivo 'en México', como decimos los fuereños, sólo me alcanza para ver a mi familia por dos o tres días cada dos o tres meses. Esta vez no había ido a casa desde Año Nuevo. Esta vez duré 9 días en casa.

En mi pueblo el tiempo pasa de manera diferente. Como a las 8 pasa el repartidor del gas y del pescado. Entre 11 y 12 pasan la camioneta del pan. A la 1 pasan las tortillas. El reloj de la calle 20 de noviembre mide el tiempo en vendimias. Así pasa la vida invariable todos los días, con cambios tan lentos y graduales que es casi imposible darse cuenta que ocurren.

Cuando estoy en mi casa, la de la CDMX, llamo a mi familia para preguntar cómo van las cosas en el pueblo. "Aquí todo igual, como siempre", dicen. Y es verdad. Estando 9 días en casa de nuevo caí de nuevo en la deliciosa parsimonia de sus días. Mi tía preparando la comida antes de las 2, mi abuelo pidiendo música en su recámara, la gente llegando a comprar en la pequeña tienda de abarrotes, yo sentado frente a la computadora estudiando para aspirar a una maestría.

Fue casi como era hace 3 años, recién acabando la carrera y trabajando de freelance. Fue casi como hace 5 años, cuando iba a casa de fin de semana para hacer tareas de la universdad. Fue casi como hace 10 años, cuando llegaba de la prepa y me ponía jugar Pokémon en emuladores. Fue así, excepto que no fue igual.

Cuando escribo mis experiencias desde que me mudé a la Ciudad de México, son todas sobre mí. Cómo me perdía para llegar a los eventos en mis primeras semanas de reportero. Cómo me enamoré e inicié un noviazgo con un amigo que conocí años atrás. Cómo conseguí una casa y nuevos roomies que ahora son como mi familia unida por la renta. Cómo terminó mi relación. Cómo sobreviví al terremoto sin un rasguño pero sigo traumado ante cualquier sonido que se asemeje aunque sea remotamente al de la alerta sísmica. Cómo ahora tengo más barba que antes. Cómo he viajado. Cómo he llorado. Cómo he reído.

Lo cierto es que del otro lado de mi historia, en Santa Cruz, muchas cosas han cambiado aunque de primera intancia parezca que cada día es igual al anterior. Hace dos años y medio, por ejemplo, mi abuelo tenía dos piernas. Estos días, en su recámara junto al balcón, puse grabadoras y bocinas para que escuchara los discos de marimba que estaban abandonados en el librero del primer piso al que ya no puede bajar.

En el tiempo que yo he estado en la gran ciudad intentando hacerme una vida, mi abuelo enfrentó el cáncer y lo superó, enfrentó el pie diabético y lo superó, estuvo más de un año sin caminar pero luego lo logró de nuevo, sólo para sufrir después una recaída que terminó en la amputación de su pie derecho.

Hace dos años y medio mi mamá, desde su refugio en casa de mi abuela, todavía me reconocía sin problemas. Pero ahora, cuando la visité, tenía un yeso en su pierna izquierda, y una mirada que me enfocó por un rato antes de concluir que yo era su hijo José Luis. Durante estos años lejos de mi pueblo, la epilepsia y los medicamentos han acabado aún más con su mente. El yeso es porque hace unos meses se cayó, convulsionada, y se fracturó.

En el tianguis me encontré a Sagrario, mi mejor amiga de la primaria. Me contó que había regresado a vivir al pueblo junto con su esposo. Su hijo Josué me saludó de señor y me preguntó que si yo era amigo de su mamá. Le dije que sí y ella me contó que también es zurdo, como yo, y que eso hacía que se acordara seguido de mí. La última vez que había visto a Sagrario, su hijo era un bebé y no tenía cinco años, como esta vez.

Se murió Doña Cruz, la que tenía su tienda junto a la parada de autobús. Doña Mari, la mamá de mi amigo Mr. Bean, está muy enferma. Nedí, la vecina que quiero como a una tía, ya se recuperó de su caída. Edwin, el vecino de enfrente, sigue visitando todos los días a mis papás, y ya entró al kinder. La Prieta, Nena y las demás señoras de la calle se siguen juntando a las 7 de la noche a rezar frente a la capillita de San Felipe, pero ahora es Miriam y no doña Rosalba la que dirige el rosario, porque Doña Rosalba está perdiendo la memoria. Las golondrinas siguen llegando por centenas a la calle y por las tardes vuelan en medio de trinos mientras el sol se oculta tras el Nevado de Colima. El nido que está en una esquinita de mi casa volvió a recibir inquilinos.

Cuando veía con mi tía la película de The Arrival, entristecidos porque era la última noche que pasaba en casa antes de volver a mi vida en la ciudad, pensé que era una buena manera de cerrar los días. El tiempo en mi pueblo es un poco como el lenguaje de los aliens. El palíndromo temporal de la vida en Santa Cruz parece igual, pero ha cambiado.

Ese 'hasta que la muerte nos separe' es un contrato engañoso. Todavía estaba en la universidad cuando surgió el tema por pri...

Todos se están casando

Ese 'hasta que la muerte nos separe' es un contrato engañoso.


Todavía estaba en la universidad cuando surgió el tema por primera vez. No es algo a lo que podamos escapar fácilmente. "Muchos amigos ya se están casando y yo todavía ni novia tengo", dijo Juan por ahí del 2013, pero bien que pudo haber sido Perla en 2015 o Javier en 2018 o Enriqueta en 1984.

En algún momento de la vida toda persona llega a la época dichosa u horrible donde sus amigos, primos, conocidos y vecinos de su edad comienzan a contraer matrimonio, casarse o al menos -como decimos los de Jalisco- arrejuntarse. Sí, suele ser un caos. Sí, aquella alma infortunada -que ni pareja tiene- comienza a angustiarse, a sentir la presión de la maldita sociedad, a ver de lejitos y de reojo al resto de seres humanos contemporáneos que comienzan a sentar cabeza como las reglas de la conviencia lo imponen, y también, en mezcla de rebeldía contra el sistema y de pretexto conveniente (yo diría que 50-50), a decir que uno está requete bien siendo soltero y en general a despotricar contra las normas sociales que lo quieren obligar a uno a casarse nomás tenga cierta edad para poder continuar en el aburrido camino hacia la muerte.

Sí, es un tema complicado. Sí, uno suele angustiarse, incluso aunque no tenga las intenciones, los medios ni el personal necesario (se necesitan dos, al menos) para efectuar el proceso de casarse. Pero, en realidad, últimamente  he llegado a pensar que esa no es la verdadera cuestión que nos atañe.

Ya entré a la edad donde amigos y conocidos se están casando. Pero también ya estoy en la edad en la que los padres de mis amigos se están muriendo.

Lo había pasado por alto. Los papás son para siempre, ¿no? Al menos así suele pensar uno mientras está en el kinder y piensa que tiene la vida resuelta o pa' empezar, ni le pasan por la mente esa clase de situaciones. Uno va por la vida y sí, más adelante puede que uno imagine que en algún momento sus papás ya no van a estar o que quizá le tocará seguir solito cuando sea adulto, pero normalmente suele faltar mucho tiempo para que eso suceda y mejor uno sigue pensando en las cosas que quiere hacer "cuando sea grande" mientras se rasura la barba frondosa de hace un mes frente al espejo.

Hay algo en los votos de matrimonio que estaba implícito y en lo que no había reparado. Ese 'hasta que la muerte nos separe' suele pensarse sólo entre los interpelados, pero ahora que lo veo también nos involucra a su descendencia. 'Hasta que la muerte nos separe' de tenerlos. De ser sus hijos. De que nos guíen. Nos acompañen. Nos observen mientras levantamos el vuelo con nuestras alas flacas y tratamos de vivir nuestras propias vidas. Muchas implicaciones bajo ese contrato oral y usualmente romántico. Hasta cursi.

Me enteré por Facebook de la muerte de la mamá de un conocido de la universidad. Incluso transmitió en vivo el primer rosario. No estuve presente, mandé mis condolencias a distancia y me quedé pensando. Un caso tristísimo. Ojalá no ocurran más. Pero ya murieron al menos dos padres más de conocidos de mi red y ahora el tema me atormenta particularmente más cuando veo que alguno de mis amigos tiene planes de casarse.

Ojalá sólo tuviéramos que preocuparnos por quién se casa con quién y en si nos van a invitar a la fiesta. Encontrar con quién pasar tu vida el resto de tus días es difícil pero en comparación, es menos angustioso pensar en eso a reflexionar en que tus papás probablemente tengan de 60 años para arriba y que, estadísticamente, según la esperanza de vida actual, no faltan muchos años para que se vayan para siempre de tu lado.

Sí, no tengo la vida comprada. A lo mejor me muero al rato. A lo mejor saliendo del trabajo alguien me empuja al metro y muero escandalosamente y de paso arruinándole la noche a los cientos de personas que viajaban en el tren y a los que esperaban subirse para poder llegar a su casa a descansar.

A lo mejor me muero de una forma aburrida. A lo mejor le doy 'publicar' a esta entrada de blog y acto seguido me duele el brazo izquierdo y quedo aquí desparratado e infartado en mi escritorio del trabajo y con mis notas sin redactar. Pero también, a lo mejor, tengo una vida promedio y sobrevivo unas cinco décadas más y me toca la desdicha de enterrar a mis padres.

No quiero que suceda. No estoy listo.

Antes, tampoco quería que mis amigos se casaran, se fueran a vivir lejos y tuviéramos menos tiempo y probabilidades de vernos, pero ahora veo eso como una nimiedad muy fácil de sortear. Se puede apostarle a la distancia, pero no podemos apostar contra la muerte.

Hasta el momento no ha muerto ninguno de los padres de mis amigos más cercanos. No lo deseo ni remotamente. Prefiero verlos sonriendo mientras bailan en sus bodas. Mis posibilidades para tener la mía en los próximos años están casi reducidas a cero. Ojalá que así de remotas fueran también las probabilidades de perder a mis padres. Ojalá que fueran infinitos.