Desde que bajo del autobús, la atmósfera se siente diferente. Conozco de memoria el lugar donde se encuentra ubicada cada taquilla, cada lo...

Como volver a empezar

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Desde que bajo del autobús, la atmósfera se siente diferente. Conozco de memoria el lugar donde se encuentra ubicada cada taquilla, cada local: el de las recargas se sigue de donde venden tortas. Casi puedo ver mis fantasmas caminando de un lugar a otro a lo largo del espacio, unos cargando una mochila azul, otros arrastrando una maleta. Algunos van con pasos veloces, casi corriendo y con cara de angustia, y los reconozco enseguida: son los Pepes que van tarde a tomar el autobús, y las caras muestran frustración o alivio dependiendo de la respuesta que la vendedora de boletos les da. Salgo de la central, camino para esperar el urbano. Se siente raro. Tenía un año sin sentir la sensación de ser novato en Ciudad Guzmán. Regreso a clases después de un semestre de movilidad estudiantil, un semestre fuera de mi tierra pero lleno de aventuras. Pero ahora, mientras hurgo en el bolsillo trasero de mi pantalón, preparando la moneda con que pagaré el urbano que espero, también hurgo en mi memoria, y analizo la situación: 20 años, muchacho de pueblo, estudiante de periodismo a iniciar su sexto semestre de estudios. Vivirá en una nueva casa, espera encontrar empleo de fin de semana y acomodar correctamente su horario. El camión rechina al detenerse frente a mí, pero no, ese va para el tianguis, y no para el centro. Me acomodo la mochila tras la espalda, sostengo la bolsa con sartenes en la mano derecha y me cuelgo en el hombro izquierdo la maletita de mi cámara. Llega el camión, pago y me siento. De nuevo veo mis fantasmas, subiendo cientos de veces a esos camiones urbanos, en Ciudad Guzmán y en Mérida. Mérida, recuerdo, y una punzada de nostalgia se clava en el centro de mi estómago. Cinco meses de estancia maravillosos, un lapso de tiempo que parece contener muchos de los mejores recuerdos de mi vida, repartidos entre personas asombrosas, agua fría de cenotes, calor de playa, sudor excesivo, comidas a las prisas, canciones y una larga lista de archivos que seguro ocupan varios gigas dentro de mi cerebro. El camión ya está avanzando, y veo fantasmas míos nuevamente: caminan por la calzada, a veces solos, a veces acompañados, hacia un sentido y el otro. Cada uno tiene su historia, algunos van al cine, otros van cargados con las bolsas del supermercado. Otros más van veloces, montados en bicicleta. Las calles circulan frente a la ventanita opaca de mi lado del camión, y hago memoria: cada uno de mis fantasmas es una proyección mía, en algunas un estudiante de segundo semestre, en otras uno de cuarto, y así van, circulando, los Pepes por la calle, trayéndome recordatorios de que el tiempo pasa, y sin querer, ahora voy en sexto semestre de mi carrera universitaria. Me parecen lejanos mis torpes andares por la ciudad cuando estaba en primer semestre y me podía considerar perdido si cambiaba por accidente mi ruta habitual de marcha.
Volteo la cara al interior del autobús, y de pronto los sonidos se amplifican en mis oídos: una señora platica el último chisme con otra mujer, un padre hace cariños a su hijo, un hombre canta en la radio del conductor, y el ambiente se complementa con los sonidos de motor de los distintos vehículos que circulan por la calle. Parpadeo varias veces, y me frustro conmigo mismo: ¿porqué me llega la reflexión y los recuerdos? He vivido 2 años en esta ciudad, y tras un semestre de ausencia, me siento como si llegara por primera vez. "Absurdo", -me digo- "hace 2 días estuviste aquí, trajiste tu ropa y tus muebles a la nueva casa donde vas a vivir. Hace 5 la conseguiste y pagaste el primer de renta, y hace 2 semanas estuviste en la casa de Majo para despedirla. No eres en absoluto novato". Pero miro nuevamente por la ventana del autobús, y miro los negocios de la calle Reforma como si los observara por primera vez: veo la gente que está dentro, viendo los aparadores, los productos, la ropa. Veo a los vendedores de elotes asados y cocidos, la luz fría de la farmacia Benavides y los colguijes de San Valentín de una papelería. Tal vez sea que viviré en un lugar nuevo, tal vez la ausencia de un semestre, pero definitivamente, este retorno, es como volver a empezar. Abro la agenda mental de los contactos y amigos que quiero ver pronto, quizá para recordarme que tengo una larga historia en esta ciudad, para rebobinar el casette de la experiencia y para poner play al botón que pausé hace un semestre. Ahora que lo pienso, siento que la siguiente parte de la canción tendrá mejor sonido, más instrumentos y letra enriquecida. El soundtrack de mi vida en Guzmán remasterizado por la jarana que viví durante un semestre en Yucatán.
Una fachada familiar pasa borrosa tras la ventana, y me espabilo. Me cuelgo mis cosas, me tambaleo al fondo del urbano, hago la parada, y espero. Quién iba a decir que la carnicería que siempre pasaba y observaba con curiosidad sería mi referencia futura para bajar del camión a partir de ahora. Bajo del urbano. Sonrío. Dentro de algún tiempo veré los fantasmas del momento que ahora vivo. Comienzo una nueva etapa. Es genial volver a empezar.


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2 comentarios:

  1. Tiempo que no leía tu blog. Uh gusto hacerlo de nuevo.

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  2. Muchísimas gracias por haberme leido, Roy. Yo también tenía tiempo sin escribir sobre mis experiencias personales. Saludos.

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