De pie en una amplia plaza, observas. Das una vuelta sobre tus talones en 360 grados y en el giro pausado puedes observar un pueblo pequeño...

Fotografía mental: Zinacantán y San Juan Chamula. Primera Parte

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De pie en una amplia plaza, observas. Das una vuelta sobre tus talones en 360 grados y en el giro pausado puedes observar un pueblo pequeño de casas antiguas y modestas. Ninguna sobresale por su altura, los colores son variados pero no precisamente llamativos. Más allá del caserío se elevan las montañas, boscosas y verdes, en las más altas las nubes se pasean y hacen cosquillas a las copas de los pinos y los encinos. Están relativamente cerca, puedes distinguir los detalles y sentir el frío del viento de la tarde. Estás en Zinacantán, un pueblo enclavado en los Altos de Chiapas, a más de 2 mil 500 metros de altura sobre el nivel del mar. Regresas tu mirada a la plaza en la que te encuentras y observas frente a ti una iglesia blanca con fachada deslavada, una puerta de madera y un arco de flores en la entrada. De pronto, tu observación es interrumpida: varias niñas de rodean, ofrecen artesanías y te piden una moneda. Su piel es morena y curtida, sus ojos vivos, ciertamente, son bonitas, aunque es una belleza diferente a los estándares. Llevan puestas capas de color morado, con bordados de flores. Te dice una de las niñas, cuando le preguntas, que se esas prendas se conocen como moxibs. Pero no puedes fotografiar, a no ser que les pagues.
"Viva Chiapas"
     Te alejas de las infantas (no sin esfuerzo), tomas fotos de la fachada de la iglesia, y frente a la puerta de madera de la iglesia lees: "prohibido tomar fotografías al interior del, si no quiere ser multado o encarcelado". Y la advertencia está en español, inglés y un borroso alemán. Demonios, y tu que cargaste tu cámara réflex para no capturar cada momento. Pero bueno, alguien te lo había advertido ya, la gente de esta región no juega y es muy celosa de sus tradiciones. Regresas tu cámara al interior de tu mochila y con un suspiro, cruzas el umbral al interior del Templo de San Lorenzo Zinacantán.
     La luz externa no te permite ver inmediatamente, pero en cuando tus pupilas se acostumbran, te sobrecoge un sentimiento de sorpresa. Nunca habías visitado una iglesia que por dentro fuera negra. "No, espera, eso no es negro, ¿o sí?", piensas, y arrugas los ojos para analizar el color de las paredes internas del recinto. Tu mente hace un consenso, las paredes son grises, pero lucen ahumadas, como si hubieran sido pintadas con aerosol o como si el humo de los cientos de veladoras que hay al interior hubieran ennegrecido los muros.
     Caminas por el centro del templo, las bancas de madera están ordenadas, pero a los lados, las imágenes de los santos rebosan de adornos y decoraciones. Collares de flores cuelgan del cuello del bulto inanimado de la Virgen de la Dolorosa, en una escena contrastante entre el afligido rostro de la imagen y la alegría saturada de las flores. Lo mismo ocurre con la representación del Santo Sepulcro, y los santos a ambos lados de la nave principal no lucen muy distintos. Llegas al altar, y cuentas: uno, cinco, nueve, doce imágenes de santos y cuadros ocupan diferentes nichos del retablo. Cada uno está igualmente lleno de flores, en floreros, jarrones y en forma de collares vistosos. Además, muchos de los santos tienen espejos colgados del cuello. Hay quien dice que es para que los buenos deseos sean reflejados, pero otros dan explicaciones más complejas: "es para que los chamanes, al verse reflejados, no puedan mentirse a sí mismos durante las ceremonias". Tu sólo piensas en que hay una gran mezcla de culturas y religiones: la maya y la católica. 
    Te cobran quince pesos por haber ingresado al templo, piensas que es necesario aprovecharlos y le preguntas al encargado que te entregó un boleto grande de papel amarillento toda curiosidad que invade tu cerebro. 
     Aprendes así que las fiestas patronales son el 9, 10 y 11 de agosto, que las autoridades religiosas principales son los Mayordomos y los Alferes, que vigilan el templo y se encargan de la organización de las ceremonias. Que las misas son muy esporádicas, pero que los chamanes hacen ritos a menudo. La iglesia tiene un presidente (sí, presidente, porque no hay sacerdote de planta), que porta una sotana morada y con bordados como los moxibales de las mujeres. Que el pueblo es de población tzetzal y tzotzil, y que éste idioma es el que habla la mayoría de la población. 
    Continúas tu recorrido al interior de la iglesia, y observas cientos de pequeñas figuritas de barro con forma de animales: vacas, toros, jaguares, cocodrilos, perros, cabras, venados, caballos y armadillos. Crees haber identificado todos los tipos de figuras, y descubres que funcionan como incensarios y los más pequeños como candelabros. Figurillas parecidas a esas se venden en San Cristóbal, niños las ofrecen desde cinco y diez pesos, pero no son iguales. Las de aquí son en su mayoría pintadas de blanco, y las que venden son cafés. 
     El techo de la iglesia es de teja, y debajo se encuentra cubierto por madera, en un entramado que luce como una especie de duela detallada y labrada. A lo largo del recinto se alzan varios arcos, algunos de madera, listos para lucir telas lustrosas, otros de papel picado, y otros de flores.
     Flores. Salpican aquí y allá sus colores, contrastantes con las sobrias paredes y los ojos vidriosos de los santos. El lugar es como un vivero sacro, saturado del olor de las plantas con el de la cera derretida, la madera y los inciensos. Además de las flores, hay decenas de listones colgando de cada imagen sagrada: cruces, santos, cuadros. Y el panorama de complementa con el titilar fatuo de velitas multicolores y veladoras semiderretidas que refractan los colores de la luz desde los vasos de cristal donde arden hasta consumirse.
     No has podido tomar fotografías, pero por eso te encargaste de grabar cada detalle del misterioso recinto. Tal vez las fotografías provocan pereza visual, analizas. La costumbre de capturar el panorama de manera digital hace que en ocasiones no se aprecien por completo los lugares. Además, piensas, hay cosas que ninguna cámara puede capturar. Está ese aroma que llevas impregnado en tus fosas nasales, y el sobrecogimiento que provoca el misticismo del ambiente.
     Decides que es momento de abandonar el lugar. Una última mirada a los muros de color indescifrable, y sales de la iglesia. El frío de la sierra te envuelve con su manto gélido.


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