Dos hombres y una mujer estaban al pie del monumento de concreto y piedra que da su nombre al Cerro de la Cruz. Se turnaban una caguama ...

Cigarros

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Dos hombres y una mujer estaban al pie del monumento de concreto y piedra que da su nombre al Cerro de la Cruz. Se turnaban una caguama guatemalteca, con la botella igualmente café a las mexicanas, pero un poco menos ancha.

-Disculpa, amigo, ¿tienes fuego?-, me dijo uno de los hombres. Tenía rastas rubias.
-No, no tengo-, tartamudeé, con la sorpresa del que no espera que un desconocido le dirija la palabra de pronto.

Mientras recuperaba el aliento tras haber subido varias centenas de escalones con lama, me apoyé en la cruz y vi el paisaje que se mostraba a mis pies. Despejado, imponente y verde, el Volcán de Agua se mostraba erguido detrás de Antigua.

-Ocho por ocho son, ¿qué? Sesenta y cuatro-, dijo uno de los sujetos a sus acompañantes. Traía unos lentes negros como diadema y playera azul aguada.
-Ese fue el trazado original de la ciudad. Una cuadrícula perfecta-, aseguró.
El tipo que me pidió un encendedor asintió, la mujer emitió una expresión de asombro.

Me resultaba entretenido pensar si les había amanecido en el cerro o si habrían subido muy de madrugada al mirador. Por lo borrachos que estaban, no me los imaginaba subiendo las escaleras ni tomando la carretera empedrada y empinada hasta la cima. Cualquiera de las dos posibilidades representaba una hazaña.

-Ocho por ocho-, repitió el de los lentes. El güero volvió a asentir.

Caminé al borde del mirador para tomar fotos. La que tenía frente a mí era la vista que no había esperado conocer pero que de alguna manera siempre había soñado. Me había despertado a las seis y diecisiete para alcanzar a subir el cerro antes de dejar la ciudad. La mañana me había bendecido con un cielo claro y soleado donde no sólo se veía enteramente el Volcán de Agua, sino el de Fuego, a la derecha de mi campo visual, emitiendo una fumarola que me remitió de inmediato a las que se echa el Volcán de Colima casi cada mañana.

-Oye, ¿tienes fuego?- Me dijo la mujer. No me di cuenta cuando se acercó. También tenía rastas, además de un tatuaje que se extendía por sus hombros, una vista posible gracias a su blusa café de tirantes.
-No-, le dije. -No fumo.
-Bueno, no necesitas fumar para traer un encendedor-, dijo con voz tersa.
-Es verdad, tal vez para alguna emergencia-, repliqué mientras me imaginaba convenciendo de eso a los guardias de seguridad del aeropuerto.
-Para emergencias o para poder ofrecerle fuego a una dama-, dijo.

Regresó con sus acompañantes, que ya se habían acercado a ver mejor la vista.
-No hay fuego-, les dijo.
El güero tenía un cigarro nuevo en los labios. Lo removió levemente, supongo que imaginando aspirarlo.
-Ocho por ocho, mira-, neceó el de los lentes. -La de la Merced es la primera calle.

Traté de contar el trazado de Antigua. Creo que identifiqué ocho calles verticales y rectas frente a mí, pero no pude ver bien las horizontales. Me preguntaba cuál sería la nacionalidad de los borrachos, y si la mujer sería pareja de alguno. Por las perlas de sabiduría local que soltaba, el de los lentes podría haber sido el único guatemalteco. Pero no estaba seguro.

Llegaron más personas. Le dije buenos días a una familia sudorosa pero sonriente, y después me pidieron una foto. Su perro posó con el mismo gusto que la mamá, el papá y la hija adolescente.

Subieron a la cima una pareja de franceses y varias camionetas. Algunos guatemaltecos acomodaban sus puestos de artesanías, preparándose para el día.

La mujer de las rastas se brincó la barda del mirador y comenzó a tomar fotos con su celular desde el borde del cerro.
-¡Miren qué hermoso!, dijo a sus compañeros. Me la imaginé perdiendo el equilibrio y rodando pueblo abajo.

Deambuló entre el pasto y sus botas se humedecieron por el rocío. Después se dirigió a los turistas recién llegados.

-¿Fuego?, ¿fire?-, dijo a un señor y a la pareja de franceses, quienes negaron con la cabeza.

Eché un último vistazo al pueblo antes de regresar. Encontré la iglesia de las Obras Sociales y la calle de mi hostal cerca de la Catedral derruida. Alcancé a divisar la Ciudad Vieja y distinguí unas antenas en la punta del Volcán de Agua. A lejos, el humo del Volcán de Fuego se disipaba en las alturas.

"El volcán sí está fumando", pensé.


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