El Aparato

Cuando voltié lo tenía arriba / es una luz...
Imagen: brokenisnbad

Esta es una historia sobrenatural. No como las vistas sobrenaturales del sol cuando se oculta detrás del Nevado, proyectando una imagen morada en el cielo de la misma montaña, pero más alta. Es una historia sobrenatural, pero no como cuando parece que caerá en una tormenta en el pueblo y en realidad lo que caen son gordos copos de tizne de caña quemada, que en cuestión de minutos cubren las calles y los techos de lámina con la levedad de su nieve negra.

Esta una historia sobrenatural que ocurrió en 2006 en Santa Cruz. 

Era de noche y al barrio de San Felipe le tocaba velar a la Virgen. Peregrina, hermosa y diminuta, la representación de la Virgen del Sagrario tenía a sus pies a unas 50 personas, habitantes todos de la 20 de Noviembre. A mis 13 años, pocas cosas me impresionaban tanto como la habilidad de los vecinos para montar a media calle y junto a la privada una iglesia de tela, soga y flores en el ratito que tenían mientras otros iban por la imagen al barrio contiguo de Santo Niño. 

Y ahí estaba: excelsa, delicada, guardada en una urna de cristal y colocada en lo más alto del altar de terciopelo de la Parisina y flores de las de Anita, la de la huerta.

No recuerdo si era Anita la que llevaba el rosario en ese momento, pero seguramente sí estaría cantando entre cada uno de los misterios. Estaban también Rosa, la mamá de Güero y Flaco; y Nena, la mamá de Jr. y de Nayeli. Estaban Ramona y Rosendo, estaba Ceci, estaba doña Celia y su suegra, doña Otilia, casi ciega de tan vieja. Estaban los señores, Cholo, don Chuy y don Guadalupe. Estaba Santiago, estaba Cheto y estaba La Prieta. Estaban, bajo el toldo improvisado, casi todos los habitantes de mi mundo preadolescente.

¿Quién es esa estrella
que a los hombres guía?
La reina del cielo
la Virgen María...

Al terminar el rosario la canela caliente fluyó entre todos los presentes junto con galletas Gamesa, de esas que vienen como por cientos en una caja de cartón. La combinación calientita provocaba sueño, pero la devoción era primero. Algunos vecinos se retiraron, pero el resto se quedaría a pasar la noche con la Virgen. Sólo una noche de mayo al año la Peregrina visitaba nuestra calle. Al día siguiente se iría a continuar su recorrido por los barrios del pueblo, y después a Las Vallas, o a Soyatlán, o quizá a El Cortijo.

"La Virgen de Talpa está viva".

Casa año, la visita era pretexto para contar una historia de la Virgen de Talpa, semejante en tamaño y en forma.

La historia era contada a veces por Anita, a veces por La Prieta o a veces por mi tía.

"Se salía por las noches a caminar y al día siguiente regresaba con los huaraches sucios. Y había un soldado que no creía: cómo va a estar viva, si es una estatua. Entonces le apagó el cigarro que se estaba fumando en una mejilla, y cuando se le marcó la quemadura a la imagen, el soldado cayó de rodillas, pidiendo perdón".

La Virgen, impasible, nos observaba cada año repetir las mismas historias, las mismas oraciones y los mismos cantos, y yo me ponía a pensar cómo sería si nuestra propia virgen cobrara vida.

Entre la canela y la conversación, comenzaba a quedarme dormido. Al día siguiente, el televisor del cuarto se encendería con un poing sonoro en punto de las 6 am y entonces me levantaría de la cama, vería un zapato por 10 minutos somnoliento y luego mi tía me diría que dejara de hacerme tonto y me vistiera. Me pondría el uniforme color caca que odiaba y luego iría a la secundaria, que también odiaba.

La casa estaba casi frente a la capilla, así que me despedí y me fui a acostar. Desde la recámara, los cantos que alcanzaba a escuchar me arrullaron hasta que me quedé dormido. 

Afuera, la noche avanzó. Serían las 2 o 3 de la mañana. Los vecinos luchaban por combatir el sueño mientras descansaban un rato entre rosario y rosario, unos platicando, otros tomando canela, otros sentados en silencio, los brazos cruzados para aguantar el frío. 

Al fondo de la privada, algo atrajo la atención de Nena. Se le quedó viendo un rato, abstraída. Eran unas luces en el cielo que brillaban a la distancia, desde los cerros. Pero de pronto, las luces comenzaron a acercarse. Fue ahí cuando Nena reaccionó.

"¡Miren!"

Los vecinos, incluyendo a mi tía y a Vanesa, voltearon a ver.

Lo que vieron fue un platillo volador, enome y volando a ras de las casas más altas. Se deslizaba por el aire con parsimonia, como una gigantesca mantarraya. 

Los vecinos se quedaron mudos. Alguien dijo "aaaah", quizá mi hermana o Doña Celia. Pero todos se limitaron a observar.

Dicen que la nave venía despacio, y que era tan grande que se bamboleaba al girar. Así es que vieron que en la parte superior tenía antenas con luces. Cuando la nave estaba casi sobre ellos, casi sobre mi casa, giró, y entonces se disparó hacia el horizonte, perdiéndose en el cielo nocturno en dirección al Nevado de Colima.

"¿Y esas llevan gente adentro?", preguntó doña Otilia.

"Quién sabe", respondió su hijo, Don Guadalupe. Todos se rieron, como para aliviar el susto.

La mañana siguiente se llevaron a la Virgen. Vanesa y mi tía me contaron la historia. Por haberme ido a dormir, me había perdido uno de los eventos más extraordinarios en la historia de la calle 20 de Noviembre. El verano siguiente, lo pasaría en la casa de Chava y su telescopio, trepados en su azotea. Nos imaginábamos captando el momento en el que los ovnis llegaban volando y se metían al cráter del Volcán, pero nunca sucedió. 

"¿Se acuerdan cuando vimos el ovni?"



A partir de entonces, cada año, además de los rosarios y los cantos, la Virgen veía a los vecinos contando la historia de la noche en que vieron la nave.

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