Pancita



Tras un poco de deliberación y mucho de postergación, finalmente decidimos que queríamos desayunar pancita en Coyoacán. Rica, barata y tan apetecible como podía serlo un domingo en el DF por la mañana.

Nos vimos en San Andrés Tomatlán. Mi estación de metro también es una de las que pasa cuando se regresa a su casa en metro, en Tláhuac, hasta el final de la línea 12. Su casa.

"Perdón por lo del recalentado, papá", le dije. 

"La verdad es que mis roomies y yo no le tanteamos a la comida y nos acabamos todo el 31. Nomás nos quedó puro pavo".

"Está bien", dijo. 

Le pregunté que cómo se la había pasado de Navidad y de Año Nuevo en el grupo. Me mostró fotos de los familiares de los compañeros en la cena de Navidad, y de un puerco destazado colgando en el patio. Alguien se los donó y desde Año Nuevo todos los borrachitos estaban contentos y comiendo carnitas.

Había pasado poco más de un año sin vernos. La última vez, me había contado la historia de cómo fue que estudió tres carreras técnicas mientras esperaba salir en listas para la universidad. Era la precuela desconocida de la otra historia, la que si conocía, la que involucraba a él siendo alcohólico, a mi mamá convulsionada en el piso con epilepsia y a mi hermana y a mí chiquitos encerrados en el cuarto llorando mientras él se la agarraba a madrazos. La otra historia.

Esta vez, en el camino, me contó la historia del día que sólo le atinó a 5 de los 6 números del sorteo magno se la Lotería, y que él, emputado, rompió el boleto en pedacitos mientras veía en la tele el sorteo.

"Al día siguiente fui con la señora de la tiendita, y ella bien contenta: ¿de menos me va a pintar mi changarrito, verdad? ¡Felicidades!".

Cuáles felicidades, si perdí!", dijo mi papá que le dijo a la señora. "¡Me equivoqué en el último número!"

"¡No perdió! ¡Quedó en segundo lugar!"

No me acuerdo de cuánto dinero dijo que hubiera ganado. Dijo que la señora de la tienda lloró más que él. Yo era un bebé de brazos en esos tiempos.

Terminamos en el mercadito de Coyoacán, en el mismo puesto a donde he llevado a comer a Arlette, a Majo y a Andrea, cuando me vienen a visitar. Las quesadillas están caras, me parece, pero siempre tienen mucha gente.

Nos sentamos por un ladito del local junto a uno de los vendedores, un señor muy panzón que estaba desayunando. Pedimos dos platos grandes de pancita y café de olla. Limoncitos, mejorana, cebolla y salsa en la barra. Una familia entera comiendo en la banca de al lado. Un danzante con penacho bailando y resonando cascabeles en un espacio entre los locales.

"Ese señor se ve que está bien crudo", dijo mi papá sobre el padre de familia. "Entre borrachos nos reconocemos". 

Pedimos tortillas.

Comenzamos a platicar sobre el grupo. Me dijo que ya no tienen permitido decirles 'anexos' y que los internos ya no son 'anexados', sino usuarios. Pedimos más tortillas. El señor de al lado parecía concentrado en su propio guiso. 

"Hay que comer muchas tortillas, ¡como anexados!", intervino de pronto.

"¡Yo soy anexado!", dijo mi papá. "Bueno, padrino ya".

"¡Yo también soy padrino!", dijo el señor. Padrino del grupo Emperadores en Xochimilco.

"¡Ese grupo es famoso!", dijo mi papá. Yo estoy en el Nueva Vida, en San Francisco Tlaltenco.

"Yo era bien borracho y drogadicto, pero ahora estoy por cumplir 20 años limpio".

"N'ombre, ¡entonces estoy frente a un padrinazo!", dijo mi papá. "Yo apenas voy para los 4 años".

"4", dijo el señor. "Ya es algo. Síguele".

Comenzaron a hablar en idioma alcohólicos anónimos. Intercambiaron frases sobre la situación de los anexos, que ahora ya no son anexos, y de cómo han cambiado sus políticas y la manera de tratar a sus internos.

"Antes te tenían a puras tortillas, frijoles y arroz", dijo el señor.

"Y ahora ya te hacen preparar un menú balanceado", corroboró mi papá.

"Eso a mí ya no me parece". Dijo el señor. "¡Antes así valorabas cada plato! ¿El chile? ¡Lo traficábamos! Cuando te tocaba visita de un familiar, le decías: 'tráeme un chilito', y n'ombre, ¡lo cuidadas un chingo! Ahora ya no. Ahora ya los usuarios ni siquiera se pueden encerrar. Si en el momento que llegan se quieren ir, los tienes que dejar ir".

"Sí es cierto", dijo mi papá.

"Si hubiera sido como ahora, yo me hubiera salido", contó el señor. "¡Era bien drogadicto!  Yo ya tenía que meterme 5 gramos de cocaína al día".

"¿Y a los cuántos años lo internaron?", le pregunté.

"Tenía 23", dijo el señor. "En esa época estaba de moda Rayito Colombiano. "¡Y verdad de Dios que yo quería estar bien! Pero no podía. Yo veía las presentaciones de los de Rayito Colombiano en la tele y pensaba: ¿por qué no puedo ser yo así? ¿Por qué no puedo estar así también? ¿Bailando, cantando, feliz? ¡No podía! Hasta que me encerraron".

Entonces mi papá le contó a grandes rasgos su historia. Que perdió a su familia por el alcohol. Pero que no se había drogado. Le dijo que yo era su hijo y que había sacado una carrera.

"Qué bueno", dijo el señor. "Éste es mi'jo, tiene 19 años y está estudiando para abogado. Y tengo otro que ya se recibió" presumió. Señaló con la cabeza al muchacho que nos había despachado la pancita y el café de olla.

"Noooo, pero antes, bien feo", dijo. "Hijoesupinchi madre, yo me acuerdo que cuando cumplí el primer año sobrio no lo podía creer. Iba a dar mi testimonio de un año, y mi padrino me llevó un pastel".

"Sí supieras de lo que está hecho ese pastel, me decía, ¿verdad?, y yo no entendía", dijo el señor.

"¿Cómo que de qué? Pensaba. Pues de harina, leche, chingado betún, ¿qué más?"

"Ese pastel está hecho de asesinato. Está hecho de lo que te que robaste y de lo que mataste, hijo de la rechingada".

"¡Ora, culero!, decía yo. ¿Pues cuándo maté yo a alguien? Sí era bien pinche drogadicto, pero nunca robé, ¡pendejo!"

"¿Ah no, culero? ¿Y acaso no mataste las esperanzas de tu madre? ¿No te robaste las ilusiones de tus hijos, pendejo? ¿Sus sueños?"

"Hijoesupinchi madre, pensé entonces. ¡Sí es cierto!"

Le mordí a mi tortilla, disimuladamente, y la regué con una cucharada de pancita. Lo que quería, en realidad, era hacer como que no tenía un nudo en la garganta, hacer como que no quería llorar.

En ese reclamo antiguo, en esos insultos, sentí de pronto que encontraba mis propias palabras ahogadas. ¿Cuántas veces no llegué a insultar al aire por no tener una familia normal? ¿Cuántas veces no quise tener superpoderes para interponerme entre mi mamá y mi papá y detener los golpes que le daba borracho? ¿Cuántos putos sueños no se habían hecho pedazos por el alcohol? Ratero, asesino.

Mi papá, junto a mí, escuchaba con mucha atención al señor. De vez en cuando hacia algún comentario, como cuando certificaba con su experiencia algunos de las situaciones que se vivían en los anexos.

"Un día trajeron a una muchacha", dijo el señor. "Y nos dijeron: ella, como todos los que están aquí, es su hermana en la tierra y en Dios. Cuidadito con que se quieran aprovechar con ella".

"Es verdad", dijo mi papá. "Así es en donde admiten hombres y mujeres".

Yo también lo veía, comiendo, tranquilamente, y entre todo, no había dolor. Los insultos que quise gritarle y no pude, los reclamos que quise espetarle y no hice, todo eso, ya no estaba. Pertenecía a otra vida, a otro tiempo. Lo que sea que se hombre me hubiera matado y robado, ya había sido redimido.

"Entonces ahora, el 9 de enero y con la gracia de Dios, ahí estaré en el centro Emperadores dando mi testimonio", dijo el señor.

"Te invito", le dijo a mi papá.

"9 de enero, cae miércoles, mi día de descanso. ¡Mira! Cómo se acomodan las cosas, ¿no?".

El señor le dió su tarjeta. "Me llamo Antonio, ahí preguntas por mí en el centro Emperadores."

Se acabó la pancita. Se acabó el desayuno del señor. A la hora de pagar, don Antonio dijo que nomás le diera 100 pesos.

"Pero nomás porque estás pagando tú", dijo. "Si fuera a pagar tu papá le cobraba el doble, por culero".

Caminamos hacia la placita de Coyoacán, preparándonos para sentarnos un rato en la plaza.

"Ya tienes para tus Apuntes de Bolsillo", dijo mi papá sonriendo.



"Sí", lo miré. "Eso estaba pensando". Y sonreí también.

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