Primeira pessoa



Decides ir a un país donde nunca has estado. Llevas a tu mejor amiga. Madrugan al aeropuerto, muertos de frío: el origen es Londres; el destino, Lisboa.

Al salir de la estación del metro, la vista los sobrecoge. Antes de eso tomaron el metro, las mochilas a la espalda, y pusieron cuidado en ir por las líneas correctas. Es otro idioma. Pero ahora, tras subir tres pisos de escaleras eléctricas en túneles con azulejos blancos y luces amarillas, no se esperaban frente a ustedes una calle recta, edificios antiguos de colores y aves volando. Llegaron al centro de Lisboa.

Descubres los elevadores públicos, edificios que evitan subir por calles muy empinadas. Encuentras tu hostal en una esquina. Después del check-in, pruebas suerte en un pequeño local que huele bien. Descubres las bifanas y pides una por 2.20 euros. El sándwich típico de carne frita te conecta al lugar. Comes parado viendo por la ventana que da una plazita. Escuchas a los locatarios platicar con los comensales en portugués. Tú solo pudiste decir 'obrigado' después de pagar. Tu amiga come junto a ti y pide otra bifana más. Te propones aprender portugués algún día.

Lees sobre los pasteis de nata y los anotas en tus objetivos de viaje. Subes por más elevadores hacia una colina, buscas un castillo antiguo, encuentras en el camino fachadas con grafitis, fachadas con murales, fachadas con azulejos. Azulejos azules con blanco. Azulejos de colores, azulejos con flores, azulejos con gatos.

Observas maravillado la vista de la ciudad desde el mirador del castillo. Hay un río inmenso que confundes con el mar. Hay una iglesia sin techo. Hay tejados por todo el lugar. Iglesias desperdigadas aquí y allá. Hay edificios modernos a la distancia. Hay un puente que parece el de San Francisco. Hay un Cristo que parece el de Río de Janeiro. Hay nubes naranjas y el sol detrás de ellas. Hay personas caminando en sus calles, hay turistas tomándose fotos. Ustedes mismos tomarán muchas durante su viaje.

Duermes en la parte alta de una litera. Tu amiga se queda en la cama de abajo. Cenaron empanadas que encontraron en un supermercado cercano, entendiéndose en portoñoglés.

Se levantan temprano para empezar el día. Platican en el desayuno con el venezolano que trabaja en el hostal. Esperan en una esquina un bus, llegan al barrio de Belém, encuentran un monasterio gigante, blanco y antiguo. Hace 300 años se inventaron en su interior los pasteis de nata. Ahora hay velas electrónicas que prenden por medio de una app móvil y cincuenta centavos de euro.

Pasean entre monumentos gigantes que dan al río. Escuchan como quien no quiere la cosa a una guía que habla español y le cuenta a un grupo la historia de cuando Portugal y España eran los dueños del planeta. Estás parado sobre un mapa gigante del mundo. Encuentras México y te imaginas en dónde queda tu pueblito.

Hay gente en bicicleta. Hay gente en scooters que prenden con una app. Hay dos muchachas bien maquilladas que se toman fotos con dos conejos peluditos echados sobre sus hombros. Hay frente a ellas, un chico con chaleco con el nombre de una cuenta de Instagram. 

Comen pasteis en el lugar más antiguo del barrio de Belém. Es el primer sitio donde comenzaron a venderse los pasteis después del monasterio. Pasta de hojaldre con crema pastelera hecha de yemas de huevo. Canela espolvoreada encima. Café americano o abatanado para acompañar. 400 lugares para sentarse en el interior del local. Te recuerda a la Churrería El Moro de la Ciudad de México.

Viajas en tranvía. Son de madera y parecen viejos, pero tienen WiFi. Viajan por las mismas vías donde transitan otros más nuevos, de dos vagones y que parecen un metro extraño. 

Llueve a ratos. Entran a un museo que resulta ser la iglesia sin techo que habían visto antes. Dentro hay momias peruanas, criptas de familias portuguesas importantes, sarcófagos y ataúdes magníficos de reinas del pasado. Un libro de visitas con apuntes de gente de todo el mundo.

Tu amiga y tú se pierden entre calles empinadas y angostas. Detrás de algunas ventanas se escucha la tele o personas platicando. Otras tienen pegados menús o precios de cuánto sale un corte de pelo. La lluvia cae ligera pero constante y en las calles de pronto ya sólo se escuchan sus pasos en los adoquines y los charcos.

En una placita, toman vino caliente con frutas que les entibia el alma, los dedos y los cachetes. Tus piernas duelen un poco menos después de haber caminado todo el día.

Despiertas a las 3 de la mañana porque un señor en la cama de enfrente ronca muchísimo. Escuchas tosidos molestos de otros huéspedes de la habitación. Te vuelves a quedar dormido.

Ves que sigue lloviendo la mañana siguiente. Tu amiga va de tu brazo mientras sostienes un paraguas para los dos. Te salva de resbalarte por las calles empinadas y mojadas. Descubres que uno de tus zapatos tiene un agujerito. Pasan el tiempo en tiendas porque llueve mucho.

Caminan junto a una chilena y su hijo. Una guía italiana con español bonito cuenta la historia del país y la ciudad en un tour de propinas. A veces llueve poquito. Escuchan sobre reyes y dinastías. Escuchan sobre un terremoto, un incendio y un tsunami que en un solo día de 1755 destruyó casi toda la ciudad. Te cuentan que la estatua colocada en lo alto de una columna en una plaza, representa al rey Don Pedro IV, pero en realidad es Maximiliano de Habsburgo. Que está muy alta para que la gente no alcance a identificar las facciones.

Escuchas de romanos y de los moros. Escuchas de católicos y de judíos. Escuchas de nobles y de pescadores. Escuchas de navegantes y de obreros. Escuchas de conquistas y de conquistados. De colonias y de colonizados. Caminan juntos entre callejones, suben escaleras y bajan por calles empinadas. Te cuentan que San Antonio nació en Lisboa pero murió en Padua. Se despiden en la Catedral.

Cargan sus mochilas de vuelta al aeropuerto. Deciden ir por los últimos paistes del viaje a un local muy recomendado. Corren a pesar del tiempo en contra y la lluvia que ha regresado. El esfuerzo se recompensa en su paladar. Toman el metro de vuelta y llegan justo a tiempo a tomar el vuelo. Lisboa de noche se hace chiquita y se pierde en segundos entre las nubes. Escribes estos apuntes de viaje desde el avión.

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